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Joel del Río: Nadie va a renunciar a tener un cine cubano

Por Mariateresa Hernández Martínez

Proponerse contar la historia del cine cubano después de 1959 sería relatar apenas una parte de esa historia. Cuando miramos atrás, nos percatamos de que ha sido un período marcado por la desaparición física de un grupo importante de figuras y significativos cambios dentro de su desarrollo.

Al mismo tiempo ha constituido una etapa colmada de expectativas y esperanzas puestas en la más nueva generación de cineastas. ¿Qué ha caracterizado la producción después del triunfo revolucionario?, ¿Qué está pasando en el panorama cinematográfico cubano actual?

A estas y otras interrogantes respondió el crítico y periodista Joel del Río, en diálogo con la Agencia Cubana de Noticias (ACN).

–¿Qué ha caracterizado la forma de hacer cine a partir del 59 y qué papel ha desempeñado en ese contexto el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC)?

–No se puede hablar de separación del cine cubano y el ICAIC hasta la década del ‘90 porque casi siempre el cine cubano ha sido el del ICAIC. Esa distinción habría que hacerla a partir del 2000, cuando comienza la producción independiente.

“El Instituto surge desde una voluntad de otorgarle al país una cinematografía más consciente de sus problemas, más al alcance de la gente. Esa función se empezó a cumplir sobre todo a partir de los años ‘60 cuando se consolida una escuela documental, y poco después una de ficción.

“Gracias al apoyo del gobierno hubo gran cantidad de nuevos proyectos, en los cuales participaron también notables realizadores extranjeros que vinieron a apoyar a Cuba, porque se tenía la intención de hacer cine, pero nadie sabía cómo.

“La ficción vino a madurar con Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea; Lucía (1968), de Humberto Solás; y La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez.

“Se consideraba al cine anterior a la Revolución como totalmente dependiente de las estéticas del cine mejicano y del norteamericano, y se trató de que las películas tuvieran un nuevo aire formal, más parecido a la Nueva Ola Francesa o al Neorrealismo Italiano.

“En los 70 hubo un período de contracción debido a las circunstancias políticas mundiales y el cine cubano entró en un proceso de repetición y de estandarización de ciertos géneros, como el histórico.

“Se perdieron dos cosas conquistadas en los 60: el retrato crítico de la realidad y el contacto con el público natural,  y la producción se fue por unos pocos caminos de explicación del esclavismo, de la colonia, y de contar cómo antes  de la República todo era malo. Eso duró hasta Cecilia (1989), que cierra todo ese ciclo.

“Después cambió la dirección del ICAIC en 1982 y vino Julio García-Espinosa, autor de una película muy apreciada en los ‘60 titulada Aventuras de Juan Quinquín (1961). Julio buscó en primer lugar reconquistar al espectador.

“Se realizaron cintas populares como Se permuta (1983), Los pájaros tirándole a la escopeta (1984), Plaff… (1988). Considero que ese ha sido el único momento donde el ICAIC ha tenido una producción verdaderamente industrial, en el sentido de que se hicieron hasta ocho largometrajes de ficción al año.

“Destacan también otras dos obras en esa década: Clandestinos (1987), como un intento por desacralizar la historia y ponerla al nivel del espectador, y La Bella del Alhambra (1989), un homenaje a todos los artistas del mundo popular”.

–¿Y con la entrada en los años 90?

–Con el Período Especial se desmanteló todo, se presenta una falta total de recursos, el ICAIC debe autofinanciarse, sin tener cómo, mientras el Estado a duras penas lograba darle comida a la gente y vuelve Alfredo Guevara a dirigir el Instituto.

“Tomás Gutiérrez Alea es un ejemplo de esos grandes realizadores que querían que el cine cubano recuperara su frescura anterior y llega con dos películas: Fresa y Chocolate (1993), que responde a una asignatura pendiente de la Revolución en ese entonces, que era si existía o no represión a los homosexuales, y más que a eso a la opinión del diferente, y el otro filme es Guantanamera (1995), que aborda un panorama del desbarajuste, sobre todo moral, que provocó el Período Especial.

“El cine de los años ‘90 es por tanto un cine desorientado que busca caminos. Todos los antiguos maestros están muriendo: Santiago Álvarez, el gran documentalista, y Tomás Gutiérrez Alea (Titón).

“Surge la necesidad de un relevo que empieza a acceder al ICAIC  a partir de las Muestras de Jóvenes Realizadores, surgidas en 2001 o por la vía de las escuelas de cine existentes: la Facultad de Medios Audiovisuales (FAMCA) y la Escuela Internacional  de Cine y Televisión (EICTV), ambas logran dinamizar el panorama y permiten el acceso de los jóvenes al audiovisual.

“Fíjate que a partir de este momento se comienza a hablar ya de lo audiovisual, puesto que es un cine que se hace en video mediante la televisión o de otras productoras y no necesariamente el ICAIC”.

–¿Qué ha cambiado desde entonces en la forma de hacer cine?

–Cambió la tecnología, ha habido una revolución tecnológica en el medio y eso favorece que mucha más gente pueda acceder a una cámara, y filmar una película.

“Antes, con el celuloide, había que ir a donde estaba la productora, ahora si tienes cámara, una buena computadora con un programa de edición, puedes obtener un filme de primera calidad exhibible en cualquier festival del mundo. Lo ha hecho recientemente Carlos Machado Quintela con La Obra del Siglo (2015) y lo hacen muchos otros.

“Todo eso ha incidido de modo tal que el cine nacional ha debido cambiar sin ninguna posibilidad de mantenerse actual en términos de tecnología y ha tenido que gestionar un modo de seguirse haciendo, porque lo que sí parece es que nadie va a renunciar a tener un cine cubano, de cualquier manera que este sea.

“Evidentemente está también la influencia de una cuarta generación de cineastas, esa que tiene veintitantos años, acabada de salir de las escuelas con muchas ganas de hacer.

“La primera generación sería la de los fundadores del ICAIC, la segunda es también llamada generación intermedia y está representada por figuras como Fernando Pérez, Orlando Rojas y Juan Carlos Tabío; y la tercera es la constituida por las primeras generaciones de las escuelas de cine: Juan Carlos Cremata, Arturo Sotto y otros”.

-¿Qué aspectos de la realidad priorizan las más recientes historias de la filmografía  nacional?

–Últimamente hay como una inclinación que le molesta a ciertos espectadores a hablar de personajes que se apartan de la heteronormatividad, dicho en idioma español, los homosexuales. Se reincide en esa temática porque durante mucho tiempo estuvo ausente totalmente del cine.

"Está el tópico de la emigración, tema de siempre, que se puede rastrear desde principios del cine cubano hasta ahora y también el tema de la crisis de valores posterior a los ‘90. Considero que más recientemente se ha visto una explosión del revisionismo, de volver a contar el pasado. A los más jóvenes les interesa la década de los ‘80, es algo inconsciente -no  es que se hayan puesto de acuerdo-, y es que el pasado nos permite explicarnos el presente”.

–¿A qué le podemos llamar cine cubano hoy?

–Cine cubano es la producción del ICAIC y también la independiente. Aunque existe como una fórmula que evalúa la intención, el realizador, de ser posible el guionista, la historia ambientada en Cuba o vivida por personajes cubanos. ¿Puede prescindir de alguno de ellos? Sí.

“Hay un momento en Fresa y Chocolate en que David constantemente le pregunta a Diego, de dónde es todo el que pasa y él le dice: "Niño que obsesión con las nacionalidades".  Es uno de los mejores chistes de la película porque hemos vivido siempre obsesionados con la idea de lo nacional. Si lo cubano es tan débil, siempre en peligro de desaparecer, es que no vale la pena que exista”.

–¿Cómo valora el panorama actual?

–Es incierto por todas estas cosas, no me atrevo a dar pronósticos, fíjate que el género más en crisis ahora es el documental. Dice un poeta que la historia de Cuba siempre ha sido la lucha por encontrar un sitio permanente, todos vivimos en la impermanencia.

“Lo cierto es que lo más interesante en términos conceptuales está fuera de la industria. La película más importante del 2015 fue La obra del siglo, de Carlos Machado Quintela, totalmente ajena al ICAIC”.

(Tomado de la ACN)

Editado por Martha Ríos
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