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¿Pero está muerto o qué?

Desde mediados del siglo XVIII, y sobre todo a lo largo del XIX, un temor recorrió Europa y EE. UU.: el de ser sepultado antes de hora. Un estudio parisino sobre últimas voluntades revisó mil testamentos realizados entre 1760 y 1777: trece de ellos incluían salvaguardas para prevenir un entierro precipitado; otros 34 pedían, sin más, que se retrasara el sepelio.

Ese pánico parecía tener base. En 1749, el médico francés Jean-Jacques Bruhier afirmó haber encontrado 56 casos de este tipo. En el ocaso del siglo XVIII, François Thiérry, de la Facultad de Medicina de París, sostuvo que el fenómeno afectaba a un tercio o quizá a la mitad de quienes morían en su cama. A principios del siglo XX, los investigadores William Tebb y E. P. Vollum publicaron un listado de 161 personas enterradas, diseccionadas o embalsamadas vivas.

Otros aumentaban la cifra a uno de cada diez individuos, basándose en el número de cuerpos hallados en posiciones extrañas al exhumarlos. En Suecia se decía que este espanto sucedía en el 10 % de enterramientos; en Francia se habló de uno de cada mil; y en Inglaterra y Gales se dieron datos de 2.700 falsas muertes.

El indicio más valorado para determinar que alguien había sido enterrado vivito –pero no coleando– era el hallazgo de posturas y expresiones poco naturales en los cadáveres devueltos a la luz: muecas de dolor, brazos y piernas levantados... El problema, que venía de muy lejos, era definir en qué momento concreto había dejado alguien este mundo. ¿Cómo se ha resuelto eso en nuestros días?

Incluso hoy, se dan ocasiones en las que cuesta diagnosticar que una persona ha pasado a mejor vida. A una temperatura corporal de 20 ºC, el organismo necesita solo el 15 % del  oxíeno que suele requerir; la cifra puede descender si sumamos una ingesta excesiva de barbitúricos, fármacos que influyen poderosamente en el sistema nervioso central y pueden conducirlo a una anestesia total. En tal estado extremo, solo se registran diez o menos latidos por minuto y apenas dos o tres respiraciones; es difícil detectar el pulso o la respiración.

En este caso, el electrocardiograma (ECG) –usado desde 1930 para certificar las muertes dudosas– es falible, pues la caída de actividad del sistema nervioso puede ser tan grande que el dispositivo no registra signos de actividad cerebral. Hay ejemplos de esto: en 1995, Daphne Banks fue dada por muerta por el médico tras una sobredosis de medicamentos. La trasladaron al tanatorio de Huntingdon (Reino Unido), donde un amigo de la familia la oyó gemir. La llevaron a toda velocidad a una unidad de cuidados intensivos, donde acabó recuperándose.

(Franciso Jódar/en Muy Interesante)

Editado por Pedro Manuel Otero
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