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Mi encuentro con García Márquez

El autor, a la izquierda, entrevista Leandro Diaz, junto a Dr. Gabriel Aguancha.

El autor, a la izquierda, entrevista Leandro Diaz, junto a Dr. Gabriel Aguancha.
Por Rodolfo de la Fuente Escalona.

Para Lolita Acosta, allá en Valledupar.

No fui amigo de García Márquez, aunque sí de su mundo, que bien conocí. La única vez que nos cruzamos fue en una remota tarde de comienzos de los 80s. Yo me dirigía a la puerta de apertura automática recién puesta en el hotel Habana Libre. Venía pensando, casualmente, en García Márquez cuando  de pronto se abren las puertas y apareció,   mirándome, ante mí.

Me quedé perplejo y alcancé a decirle:

-¿Me va a creer si le digo que ahora mismo venía pensando en usted?

-Claro que te creo- me contestó sin detenerse-, como mismo creo en la trasmisión del pensamiento.

Pocos años después tuve ocasión de visitar Colombia en 1987, la zona macondiana que tiene como eje Valledupar, y su Festival Vallenato para el XX Festival, y ahí pude tocar con la mano y los ojos, y sobre todo con el corazón, lo que ya me sabía de memoria desde fines de los 60, cuando me leí como 17 veces Cien Años de Soledad, y los millones de ocasiones de ocio en que abría el libro por cualquier página.  Y  aunque me sabía muy bien lo que iba a pasar, la sorpresa renovada consistía en saborear de nuevo LA MANERA DE CONTARLO, porque las palabras parecían nuevas cada vez, como un pan recién horneado o letra recién pensada e  impresa.

Durante mi viaje a Macondo, que fue como VIVIR LA NOVELA tantas veces leída, pude visitar Manaure (tierra de Visitación, donde se dan los aguacates más grandes del mundo), Ciénaga (¨dicen que fueron más de mil¨), Fundación y Aracataca, donde estuve en la casa natal del autor (él no estaba, claro, no había nadie aunque sentí que entró volando un cuervo invisible).
 
Entré a las oficinas del telégrafo, hoy museo donde están los aparatos por medio de los cuales Aureliano se comunicaba con Gerineldo, con signos que saltaban implacables. Pude cargar a un descendiente del gallo que causó la desgracia de Prudencio Aguilar, en la carretera hacia Riohacha. Palpar, en una palabra que son muchas, todo el mundo del escritor y sus amigos.

Porque de sus amigos del alma conocí al maestro Rafael Escalona y su familia de Valledupar, sobre todo a su sobrino,  el compositor Santander Durán Escalona, y por un tiempo fui ¨sobrino¨ también del maestro (a quien visité después en su apartamento de Bogotá).
 Rafael Escalona es el  único personaje real que contiene la famosa novela. Y al escuchar sus  cantos (los mismos que se escuchan en el apocalipsis final de la novela) grabados por Bovea y sus Vallenatos, le dije a Rafael:

-Oiga, tío, eso me recuerda mucho al Trío Matamoros.

-Claro –sonrió-. ¿Qué tú crees que escuchábamos entonces, sino mucha emisora cubana?

 Y pude disfrutar de interminables parrandas vallenatas, una de ellas con el Rey Vallenato Julito Rojas, con ese acordeón que el decir de Gabriel  en crónica de juventud, ¨arruga el corazón¨, y presenté un vallenato compuesto y cantado por mí en el concurso de canciones vallenatas (que después salió en un disco por allá) y me dieron el honor de entregar el Premio al Mejor Cajero en ese XX Festival de la Leyenda Vallenata.

Y conocí también a otra gran amiga del Nobel colombiano, la ¨cacica¨ Consuelo Araujo Noguera, una de las fundadoras, junto a Gabriel, de ese Festival, adonde iban multitudes de personajes de todo tipo, entre ellos el presidente del momento.
 
Y conocí y entrevisté a Leandro Díaz, el ciego que veía ¨con los ojos del alma¨, autor, entre otras bellezas, de La Diosa Coronada, usada por García Márquez en El amor en los Tiempos del Cólera. Hubiera podido ser un personaje de Cien Años de Soledad, y eso le dije entonces al poeta popular.
Cada paisaje visto, cada personaje conocido, cada pueblo visitado fue palpado con los ojos de Cien Años de Soledad, y de alguna manera, viví mi novela a partir de la novela, que son dos visiones de un mismo mundo.  

Todo ese planeta forma parte de mi vida, y sé que de la vida de muchos en el mundo, y a veces tanto, que confundo a seres vivos con seres muertos, personas con personajes. Eso no se olvida. Porque hasta dentro de mi familia estaban los personajes, como cuando mi hermano Jorge me enviaba un email nostálgico y yo sólo le contestaba:

-No seas pendejo, Gerineldo: es natural que llueva en Agosto.

Puedo decir que nunca conocí a García Márquez. Pero si conocí mucho, y bien, de su mundo mágico novelado, y del mundo mágico real del que sacó su magnífica obra.
 
 
 
 
Editado por Pedro Manuel Otero
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