Gran Templo Masónico de La Habana: Cuando el mundo giró otra vez

Editado por Martha Ríos
2016-08-03 14:29:18

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Ramón Osoria junto al edificio masónico. Foto: René Pérez Massola

por Francisco Rodríguez

“Esta es la mía”, exclamó Osorio, el intrépido, cuando escuchó aquel día, mientras trabajaba en su taller, una entrevista radial donde el Gran Maestro de la masonería cubana pedía colaboración para echar a andar otra  vez la esfera terrestre que corona al emblemático edificio  habanero, propiedad de esa  organización fraternal.

Bayamés de nacimiento, la vida de este hiperquinético electricista e innovador de  la fundición guanabacoense  Vanguardia Socialista, daría  para el guion de una telenovela de enredos, celebridades  y creatividad.

En su identificación oficial reza como Ramón Eurípides Osoria Cabrera, pero jura  y perjura que una confusión  registral varió con el tiempo  su primer apellido, legado de  su padre Francisco Eurípides Osorio Osoria, descendiente  de renombrados mambises.

A punto de cumplir sus 68 años el próximo 31 de agosto, Osorio llegó a La Habana  cuando era niño, justo hacia  1955, año en que abrió sus  puertas el Gran Templo Masónico de La Habana, en la  céntrica esquina de Carlos III  y Belascoaín.

“Hace un tiempo iba yo en una guagua y un niño le preguntaba a su abuela por la ‘bolita del mundo’ sobre el edificio —contó—. Le comenté a  Julio Manuel Morúa, el jefe de  mantenimiento de mi fábrica,  cuyo bisabuelo fue general independentista y también tuvo  parientes masones, quien me  animó a echar una mano.

“Pero no fue hasta que escuché al Gran Maestro en la emisora Habana Radio cuando me dije: ‘arranca para allá’, y me presenté a ver cómo podía ayudar”.

Pero no era la primera vez que la inventiva de Osorio salía de los talleres de  Vanguardia Socialista. Apasionado por las artes y la  electricidad, presume de su  vieja amistad o nexos con relevantes personalidades de la cultura cubana, historias que  vienen desde su niñez y luego  de cuando era camarógrafo  del cine aficionado.

Rita Montaner, Alicia Alonso, María Teresa Linares, Santiago Álvarez, son algunos de los nombres cercanos que menciona este hombrecillo locuaz, quien, sin embargo, expresó: “no tener suerte” en su  vida, porque paradójicamente  hoy no posee ni techo propio,  como consecuencia de un complicado conflicto familiar.

No obstante, con una alegría contagiosa habla de sus  otros arreglos anteriores en  la Escuela de Ballet, el Museo de la Música o el Instituto  de Literatura y Lingüística. “Nunca estudié nada en academias, solo un curso de idioma ruso por la televisión”, sonrió al explicar su empirismo autodidacta.

El trabajo

Hacía más de 15 años que la esfera terrestre rotatoria en la cúpula del Templo Masónico no funcionaba. Según  rememoró Orestes Calzadilla  González,  presidente de la comisión de edificio adscrita al  gabinete de trabajo del Muy  Respetable Gran Maestro de  la Gran Logia de Cuba, hubo  un intento por echarla a andar hacia finales de la primera década de este siglo, pero  aquella costosa reparación no  duró más de 20 días.

Una nueva dirección de la organización fraternal, que resultó electa en el 2015 y regirá hasta el 2018, puso entre  las prioridades de su labor la  atención a este inmueble de  valor patrimonial, pero con  múltiples afectaciones por la  desatención integral, las modificaciones en su interior y  la pobre cooperación de las  entidades que hoy lo habitan.

Eso explica por qué a inicios de este año el Gran Maestro de la masonería, I.P.H. Lázaro Faustino Cuesta Valdés,  33, interrumpió una de sus  reuniones de trabajo cuando supo que un electricista a  quien nadie allí conocía quería verlo, para ofrecerle su  ayuda de forma voluntaria.

Lo demás parece fácil, ahora cuando lo narran sus protagonistas. “En un día hicimos el trabajo”, recordó José Enrique Manito López, hermano de la Logia, empleado del edificio y uno de los  cuatro ayudantes que secundaron a Osorio en su labor de  reconocimiento y rescate del  antiguo mecanismo, junto con  Alexis Domínguez, Jorge Luis  Arrebato y Denis Caballero.

Primero hubo que comprobar el buen estado y darle  mantenimiento al viejo motor  trifásico General Electric de  los años 50 que impulsa a la  “bolita del mundo”, asunto  donde fue clave la participación del innovador de la empresa Vanguardia Socialista.

Luego hubo que revisar y limpiar todos los cables eléctricos, rodamientos y engranajes mecánicos, adaptar y empalmar las nuevas correas  que ponen en movimiento las  poleas para hacer girar el eje  de la esfera terrestre, y calzar  el motor en la posición exacta  de modo que su propia fuerza  no partiera las cintas.

“No hice el trabajo solo. Solo compulsar la idea y compartirla con los demás”, reconoció Osorio con modestia.

Un símbolo de la ciudad

Cuando el pasado 23 de marzo, poco antes de caer la noche y después de todo un día  de intensa labor, la Tierra  comenzó a rotar de nuevo sobre el edificio masónico, hubo aplausos, fotografías colectivas en la azotea, satisfacción  colectiva. “La pasamos bien,  nos divertimos cantidad”, resumió Osorio.

Para Cuesta Valdés esta esfera planetaria sobre la principal sede de la masonería en el país —actualmente  con alrededor de 26 mil 500  integrantes en 324 logias—  representa la universalidad  de esta organización fraternal, en una construcción que  en su momento fue simbólica  para el resto del continente.

“Es la brújula para saber que en el templo un grupo de hombres trabaja por el mejoramiento humano”, valoró el Gran Maestro, para enseguida reconocer el aporte  desinteresado de Osorio, al  ofrecerles su tiempo, conocimientos y resultados.

Por eso la “bolita del mundo” —como le llamamos popularmente desde nuestra niñez la mayoría de quienes habitamos en La Habana— funciona de lunes a viernes, entre las siete y las once de la noche aproximadamente, mientras sesionan las nueve logias que acoge el Gran  Templo. También la activan  cuando ocurren acontecimientos masónicos relevantes  o eventos nacionales e internacionales de su membresía.

“El objetivo es cuidarla”, explicó Calzadilla González. El administrador del edificio apuntó como propósitos más inmediatos retocar la pintura del globo terráqueo con el concurso de un alpinista integrante de la organización, quien  también pondría a punto el  imponente reloj de la fachada,  cuyo mecanismo interno de relojería ya se arregló también.

“Mi satisfacción —concluyó Osorio, nuestro singular  anirista— es dejar una huella  en algo que les preocupaba  a las personas en la ciudad.  La gente se preguntaba por  qué no daba vueltas la bola.  Yo soy el ′culpable′ de que el  mundo gire otra vez”.

(Tomado del periódico Trabajadores)



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