María Félix en La Habana, fría y distante

Editado por Maria Calvo
2022-08-15 07:26:04

Pinterest
Telegram
Linkedin
WhatsApp

María Félix en La Habana. Imagen: Cubadebate

por Ciro Bianchi Ross

La Habana olvidó por un momento sus preocupaciones cotidianas y corrió hacia el aeropuerto de Rancho Boyeros. Se anunciaba la llegada de María Félix y todos querían verla de cerca. La multitud engrosó sin cesar. Abarrotó el edificio y las terrazas de la terminal aérea y se desbordó hacia la pista en espera del avión que la traía. María Félix apareció deslumbrante junto a la portezuela de la aeronave y descendió, majestuosa, por la escalerilla. Apenas dio unos pasos sobre la losa y se detuvo, pálida y confundida. Enrojeció luego hasta la raíz del cabello y murmuró: ¡Esto es imposible!

¿Qué había ocurrido? Algo insólito y lamentable. Aprovechando la jadeante confusión una cálida mano masculina se deslizó de modo inconveniente por el cuerpo de la actriz, que no reprimió su desagrado. Comentaba el incidente Ramón Vasconcelos, “la pluma de oro del periodismo cubano”, en su periódico Alerta: “Se cuentan cosas que nos ridiculizan y deprimen. Con el pretexto de conservar souvenirs suyos, hubo quienes le tiraron del cabello, quienes intentaron arrancarle pedazos del traje, llevarse un adorno a viva fuerza; y lo que es más bochornoso, hacerla objeto de exploraciones groseras…” ¿Qué había ocurrido realmente? A María Félix le habían palpado el glúteo en plena pista de aviación.

María Félix en La Habana. Imagen: Cubadebate

Corría el mes de octubre de 1950 y María Bonita, La Doña, estaba por primera vez en la capital cubana. Venía en viaje privado y con el propósito de descansar. Había reservado una suite en el hotel Nacional y solo quería dormir en paz. El presidente Prío la recibió en audiencia privada y pronto se supo que al día siguiente ofrecería, en Palacio, un coctel en su honor. Alfredo Hornedo, “el muy ilustre senador Hornedo”, como le llamaba siempre su periódico El País, la invitó a una cena de gala en su club Casino Deportivo. La Doña no acudió a la cita con Hornedo y, con el pretexto de un malestar repentino, le dejó servido el champán a Prío, cuya esposa, Mary Tarrero, imitaba sin recato, se decía, a la actriz mexicana, lo que no necesitaba hacer en absoluto pues fue una de las mujeres más bellas de Cuba.

Acudió una noche al cabaret Tropicana. Cuando apareció, deslumbrante de belleza, pasada ya la media noche y tomó asiento frente a la mesa preparada para ella, el gran mundo allí reunido la saludó con una tempestad de aplausos y exclamaciones. Muchas voces le suplicaban que subiera al escenario a decir algunas palabras, no ya de gratitud, sino de mera cortesía, pero La Doña se negó en redondo. Intervino entonces el empresario de la actriz, que sudaba tinta, y solo consiguió que María se pusiera de pie y saludara fugazmente.

Durante sus días en La Habana, María Félix se mostró fría y distante. Su estancia transcurrió en un limbo estratosférico e inalcanzable, sin importarle que la opinión pública se mantuviera en vilo con su presencia y pendiente de su altivez y sus silencios. Porque todo el acontecer nacional quedó olvidado ante su presencia, desde la rivalidad entre Habana y Almendares hasta el desenfrenado duelo radial entre Eduardo Chibás y Tony Varona, el empréstito de 200 millones de dólares que Prío quería imponerle al pueblo y la victoria de Hope, campeón mundial de billar sobre Mundito Companioni, el campeón nacional. Todo eso no fue más que una dulzona melcocha informativa frente al plato fuerte y subido de condimento que con su presencia servía la felina hembra mexicana.

María Félix en La Habana. Imagen: Cubadebate

Fue más amable con los periodistas pese a que los hizo esperar durante una larga hora con doce minutos para comparecer a la conferencia de prensa que había convocado. Entró al salón sin mirar a los reporteros y sin pedir excusas por su tardanza. Levantó aún más la ceja cuando abrió su pitillera de oro, sacó un cigarrillo larguísimo, dejó que alguien se lo encendiera con un mechero también de oro, cruzó las piernas con elegancia y tras una bocanada como la de Pedro Armendáriz, ordenó a los periodistas: “Ustedes dirán”. Con un seco “eso no interesa” eludió muchas de las interrogantes de la prensa. Pero habló acerca de sus proyectos cinematográficos, de su hijo, de su relación con Agustín Lara que, enamoradísimo, compuso aquello de “acuérdate de Acapulco, María Bonita, María del alma…” Expresó sus simpatías por el club Almendares, de béisbol. También su color preferido era el azul y el alacrán, “un animalito que me entusiasma y que los indios amaestran en México”. Rectificó a una periodista que alabó su bello vestido mexicano. “No, le dijo, es un bello vestido cubano”.

Escribía entonces el poeta Nicolás Guillén:

“María Félix ha sido toda una enseñanza para el desbordante temperamento de los criollos antillanos; un modelo de contención casi polar. Cuando pase otra vez por La Habana seguramente encontrará los ánimos más templados, los aplausos menos propicios, las invitaciones más restringidas y hasta las manos que se atrevieron a provocar un estremecimiento en su maravilloso cuerpo de mujer fatal, menos agresivas y exploradoras”.

Volvió dos veces más y así fue, en efecto. (Tomado de Cubadebate)



Comentarios


Deja un comentario
Todos los campos son requeridos
No será publicado
captcha challenge
up