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Invasión y cambio de régimen en Miami

por José Ramón Cabañas
Cuba está Firme

A partir de los hechos acaecidos en Caracas, Venezuela, el pasado 3 de enero, se han superpuesto una serie de acontecimientos e interpretaciones de los mismos, que han tenido un impacto directo sobre la calidad de vida de los cubanos, tanto dentro como fuera de la Isla.

El primero de ellos fue la considerada casi inminente acción militar estadounidense contra Cuba, alrededor de la cual se organizaron las comparsas tradicionales de ciertos sectores de Miami, desde los Admiradores de Batista y  Supuestos Terratenientes, hasta  Mercenarios por Naturaleza, o el Trío Ve Tú que Yo Me Quedo.

A pesar del espejismo de las redes sociales, habría que aclarar que todos ellos reunidos y aún multiplicados por diez, constituyen una exigua minoría del llamado exilio cubano. Se trata de personajes que aprovechan las circunstancias para una vez más salir en titulares, publicar sus fotos, ser entrevistados en una acera o restaurante y proporcionarse autoterapia ante la crisis de incomunicación en que viven por habitar en efficencies, no tener  vínculo laboral, ni familiar.

Cuando fueron quedando sin vigencia los distintos períodos de tiempo que se fijaron en meses recientes para el “fin del régimen” y comenzó la aplicación del bloqueo de combustibles contra Cuba, al ser considerada la Isla como “una amenaza inusual y extraordinaria”, surgieron en una noche y sin tiempo previo de gestación una larga lista de expertos en combustibles fósiles, en recorridos de supertanqueros y, sobre todo, en reparaciones de termoeléctricas.

Circunstancias similares en el pasado siempre han provocado un parto masivo de cubanólogos en distintas esferas, pero lo que ha sido  lamentable en esta oportunidad es que al actual coro se han sumado personas que, desde sus diferencias con las autoridades cubanas actuales y anteriores, tuvieron hace algunos años una actitud ética, sobre todo a la luz (o la sombra) de gobiernos demócratas, y se acercaron a Cuba con propuestas más o menos serias de negocios, o en el ámbito académico.

Especialistas que hoy se encargan de ofrecer públicamente hasta el número del carnet de identidad del capitán del supuesto tanquero que podría llevar tres gotas de combustible a Cuba, alguna vez acompañaron a delegaciones de empresas petroleras estadounidenses para explorar negocios en Cuba. Otros, aparentemente muy cercanos en la actualidad a rusos, japoneses, franceses, canadienses, que en épocas pasadas construyeron plantas energéticas en Cuba, se han arriesgado a ofrecer pronósticos sobre el tiempo de sobrevivencia de sus proyectos y aparentan que conocen al dedillo la pieza de repuesto que no se ha comprado debido a las restricciones del  bloqueo y las que no se han adquirido por supuestas deficiencias de Cuba Petróleos.

Aunque se trata de gente que en estos momentos parece muy osada contra el “régimen”, cuando vinieron antes a Cuba a eventos académicos, o en visita de familiarización, debieron pedir una licencia específica a la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) tanto para comprar el ticket de avión, como para el tipo de propuesta que pensaban presentar y hasta la ropa interior que utilizarían en La Habana.

En otro pelotón han marchado todas estas semanas los que han ido acompañando a la Unión Nacional Eléctrica de Cuba (UNE) en sus pronósticos de apagones, calculando metro a metro la Cuba iluminada o apagada, los que vigilan a dónde va cada paquete de donación de alimentos, o medicinas, y los que crean supuestos diálogos o eventos irregulares con la ayuda de inteligencia artificial.

Lo interesante de estos activistas es que hacen todo ese esfuerzo humano a pesar de no dirigir una mirada, ni producir ni una reflexión sobre la comunidad, el estado o el país donde viven, no tienen exclamaciones sobre el familiar que ICE les ha secuestrado en la esquina de su casa, ni nos cuentan los billetes que tendrán que ahorrar a partir de ahora porque los han excluido de los programas sociales de salud. Padecen de una cubanodependencia, o por el contrario, de alergia uteroamericana. Una rara clase de presbicia, por la que se ve mucho mejor lo que está a 90 millas y se ignora la proximidad de lo que les parte el tabique de la nariz.

Pasados los días de la algarabía inicial demostraron un raro apego a la ciencia, cuando La Habana y parte del resto de Cuba se iluminó mejor gracias a la donación de petróleo ruso, cambio cualitativo que les desbarató el argumento de que la oscuridad cubana estaba más relacionada con la incapacidad que con el bloqueo.

Pero la gran conmoción entre estas criaturas no se ha producido tanto por las reacciones de resistencia desde la Isla, como por los cambios de velocidades que la Casa Blanca y el Departamento de Estado introdujeron a sus reiteradas declaraciones sobre las temáticas cubanas.

El tránsito de cero petróleo a permitir que los rusos lo hicieran, o a que lo exporten privados desde costas estadounidenses, el anuncio de las negociaciones secretas y con quién se hablaba, la duda entre usar la fuerza militar, o las palancas económicas de las nuevas fuerzas productivas cubanas, ha convertido a estas personas en jardineros centrales de un equipo de pelota que tratan de calcular un texas que se mueve en círculos. Se acuestan tarde corrigiendo su discurso y se levantan temprano para adelantarse a las nuevas enmiendas.

Son posiblemente los últimos humanos de la ecuación MAGA que aún no se sienten con suficiente voz, u hormonas para declarar a los cuatro vientos que los han utilizado y que se dejaron utilizar. En cuanto Trump aseguró que Cuba era next, porque había muchos cubanos residiendo en Florida que habían sido maltratados en su país de origen, se multiplicaron los exdueños de centrales azucareros, de hoteles y hasta de tiendas de abrigos y bufandas (recordemos la afirmación sobre la ausencia de calefacción en la isla).

Y, de nuevo, es importante afirmar que a pesar de sus miles de tuits, posts y todo el berrinche digital moderno estos homínidos constituyen minoría. No logran cambiar la imagen de que la inmensa mayoría de los emigrados cubanos, y el público estadounidense en general, quisiera regresar a los días en que todas las aerolíneas estadounidenses viajaban a casi todas las ciudades cubanas, en que arribaban constantemente cruceros a los puertos, en los que cientos de artistas e intelectuales participaban en actividades culturales mutuas y en los que no había que hablar en voz baja sobre las remesas y no mentir sobre tratamientos médicos en instituciones cubanas.

Pero, por qué se ha producido un camaleónico cambio en la piel de algunos? Y la respuesta es sencilla: el miedo.

De este lado de la orilla se sabe a cuántas oficinas, lugares de residencia, escuelas de menores, o asilos de ancianos han llegado las agencias oficiales estadounidenses para chantajear y ejercer presión; se conoce cuántas fundaciones han amenazado con quitar el apoyo de proyectos específicos; se comprende que las amenazas respecto a posibles procesos judiciales, o aparentes impagos del fisco ponen a temblar a más de uno. Nada nuevo bajo el Sol.

Mientras esas presiones se ejercen sobre algunos hasta el punto del quiebre, otros aprovechan el espacio que los primeros han dejado libre para asumir protagonismos y proponer que “esto es entre cubanos” y que Trump no empuja ni se da golpes, sino que solo los representa en el legítimo derecho de darles acceso, para tener una presencia en Cuba que les vendría por derecho de nacimiento.

El problema con estas recetas y apariencias es que ninguna resulta realmente una novedad, ni para el Netflix latino.

Se han sucedido los días de la celebración del 65 de la Victoria de Playa Girón, o de la derrota de Bay of Pigs, según se le quiera llamar, plan encabezado por la CIA, único de su tipo para aquel momento, con presupuestos millonarios que asegurarían un indudable éxito.

Incluso entonces, John F. Kennedy, que heredó el diseño del fracaso de Dwight Eisenhower, hizo todo lo posible porque la Operación Pluto fuera un producto cubano en el que no aparecieran las huellas estadounidenses. Por esa razón los aviones que atacaron los aeropuertos cubanos en la madrugada del 15 de abril de 1961 tenían insignias cubanas, por esa razón el desprestigiado representante estadounidense (ex candidato presidencial) en Naciones Unidas dijo entonces “la cuestión fundamental no es entre los Estados Unidos y Cuba, sino entre los cubanos mismos”.

Esta minoría de cubanos residentes en Estados Unidos que aplaude una probable invasión militar contra Cuba y el cambio de régimen que consideran resultante, están totalmente de espaldas a la realidad del país donde habitan. No son conscientes del derrumbe ético, moral, político y de todo tipo que estremece a la sociedad estadounidense, ignoran los sucesivos fracasos del actual gobierno estadounidense en política exterior.

Estos individuos no ven en el radar que se avecina un descalabro monumental para los republicanos en las elecciones de medio término, quizás incluso en las presidenciales del 2028 y no tienen la capacidad de imaginar un mundo post Trump.

Dicha minoría ha sido instrumento efectivo para lograr  la invasión trumpista del Sur de la Florida, territorio tradicionalmente demócrata y para producir un cambio de régimen allí que ignore la voluntad de las mayorías. Han puesto la gritería y las emociones digitales por encima de las encuestas de opinión. Han llegado incluso a sacar del juego a los especialistas en la confección dichas encuestas y el análisis de sus resultados, para que no sean reconocidos, ni citados por la prensa local que es cada vez más sumisa y menos atrevida.

Parte de ese cambio de régimen en Miami ha surgido de las múltiples visitas que han recibido por estos días empresarios que contaban con permisos para sostener algún tipo de actividad comercial con contrapartes (privadas o no) en Cuba. Han llegado a presionarlos tanto agentes federales como piratas locales en búsqueda de alguna tajada monetaria. El fin último es tratar de sustituir a aquellos que han defendido una postura de intercambio comercial con Cuba durante décadas, por otros que tengan una actitud distinta ante las nuevas formas productivas que ya tienen presencia en la Isla y que podrían florecer aún más si pudieran operar en un ambiente distinto al que lo hacen hoy.

El actual momento de la confrontación bilateral ya ha provocado bajas a ambos lados del Estrecho de la Florida. Nosotros contamos la nuestras, la otra parte no reconoce las suyas aún.

(José Ramón Cabañas, Director del Centro de Investigaciones de Política Internacional)

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