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La CIA y la estafa del babalawo

Por: Enrique Milanés León (Juventud Rebelde)

La Habana, 18 sep.- Tiempo después de anunciarse que ideologizados grillos habaneros eran el arma secreta con que el Gobierno de Cuba «ponía más sordos» a funcionarios de un Gobierno que nunca ha escuchado a los pueblos, leo en la web despachos de prensa que refieren la desclasificación, por parte de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de programas de aves espías contra aquella URSS que a lo largo de casi todo el siglo XX tuvo a la Casa Blanca no solo sorda —también muda y ciega—, por razones diferentes.  

Es la macabra zoofilia de la Agencia que ha pretendido trasladar al reino animal el odio que muestra en su imperio humano, lo cual no la libra, por cierto, de espléndidos ridículos.

En tiempos de auge de esta guerra fría que jamás feneció —tal vez simplemente hibernara un poco— la inteligencia estadounidense quiso cambiar el sentido a la metáfora y convertir a la plácida paloma de la paz en el ave oscura del espionaje. Era el programa Tacana, dirigido a colocarles pequeñas cámaras para robar, en fotos, los secretos de ciertos objetivos enemigos.

Tras experimentar en la base aérea Andrews y en la constructora naval en Washington, los autores del proyecto secreto se enfocaron en puntos sensibles como el astillero que en la antigua Leningrado echaba al mar los submarinos nucleares soviéticos.

Se admite que, además de palomas, fueron «reclutadas» a la fuerza otras aves, incluso migratorias, así como delfines kamikazes, perros y hasta gatos, pero —reconoce el documento— ninguno de los programas se volvió operativo «por una serie de razones técnicas y de otro tipo» que no cuesta imaginar.

Tal vez, la mayor estampa del fracaso fue «Do Da», el cuervo negro que, según se ha revelado, mostraba en 1974 un progreso inusitado en aquello de llevar cargas pesadas, evadir rivales y cumplirle a la CIA en sus proyectos contra Moscú. Semejante currículo no le valió frente a los suyos porque, en un entrenamiento, el soldado de mal agüero fue literalmente desplumado por dos congéneres y no se le vio —cual había escrito mucho antes Edgar Allan Poe, en su célebre poema El cuervo— «¡Nunca más!».

La a veces más inflable que infalible Agencia entrenó, para la escucha itinerante, a gatos que murieron cruzando una calle, como cualquier minino de arrabal, y echó mano a perros para colocarles implantes eléctricos en el cerebro que tampoco funcionaron. Al cabo, varios de esos engendros quedaron en manos de la Armada, que aun emplea mamíferos marinos a la orden de mamíferos malignos; esto es, de los que llevan traje y tienen planes belicistas.

Ya se sabe que el Diablo ejerce el pluriempleo. No descansa: la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa (Darpa), adscripta al Pentágono, estudia en su programa «Sensores de vida acuática persistente» cómo se comportan las criaturas marinas ante el paso de barcos, con el fin de monitorear el tránsito enemigo en el océano, un objetivo que no descarta apelar a la modificación genética.

El odio puede conducir a gastos inverosímiles. Ese surtidor de asombros que es siempre toda desclasificación de expedientes de inteligencia estadounidense ha destapado que en la década de los 70 del siglo pasado la CIA recurrió a personas con supuestos poderes síquicos para ubicar nada menos que submarinos nucleares soviéticos.

Aquello fue como el duelo entre el átomo y el espiritismo. También allí, el enorme presupuesto se estrelló en la derrota, como sucediera con palomas desenfocadas, gatos descuidados, perros infieles, delfines inmaduros y hasta con «Do Da», el metódico cuervo que estuvo cerca de merecer una película como alado superagente… si solo hubiera cumplido la orden de sobrevivir.

Volvamos a la misión paranormal. En 1995, cuando ya no había en pie una URSS que derribar y a las alforjas del mal en Washington les faltaban cientos de millones de dólares gastados en el proyecto, se cortó la financiación. Todo quedó en el secreto: por un lado, la CIA no tenía ningún éxito del que presumir; por el otro, el babalawo de la política que al parecer estafa a la Agencia —el mismo que no pudo vislumbrar el potencial de un grillo en juerga— había sacado bastante al generoso bolsillo de la nación.

Editado por Maite González Martínez
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