Cuba su Gente: No te resignes a ser postal de un álbum sin objeto

por  Diana Castaños

Cogía el telescopio con la zurda. Disparaba par de escopetazos al aire cuando estaba muy molesto. Decía que el vodka era la bebida definitiva. Escuchaba a Edith Piaf y a Rita Montaner.

Tuvo un único hijo, pero una gran colección de armas de fuego y trofeos.

Escribía sobre una piel de antílope que había cazado una de sus esposas en África. Escribía los diálogos a lápiz, apoyándose en una tablilla de madera. Luego la esposa o alguien más se lo pasaban a máquina.

En el baño, justo al lado de la taza donde defecaba, tenía un chipojo en formol. Hombre de recompensas, guardaba el chipojo porque era la caza de uno de sus gatos.

Se pesaba todos los días. Escribía en el baño de la pared su peso, que apenas variaba.

Hablaba el francés, el inglés, el italiano. Tenía más de once mil quinientos libros en su biblioteca.

Creía en la buena vibra de las raíces. Puso una raíz de mangle encima de la puerta de su estudio.

Su esposa insistió en construirle una torre para que escribiera allí. Pero ella luego se arrepintió de esa idea… porque él comenzó a enseñarle literatura a una condesita de diez y nueve años en esa torre. Se pasaban allí el día encerrados y nadie podía entrar. No podía ser molestado mientras le daba clases a la condesita.

Su dinero le vino del periodismo. En la Guerra Civil Española cobraba 500 dólares por cable y 1000 por artículo.

Salió de Cuba el 25 de julio de 1960. Nunca más regresó. Tenía diabetes e hipertensión. Además, estaba deprimido; le estaba costando ya cierto trabajo escribir.

Por la depresión ingresó en una clínica en Estados Unidos, que no ayudó demasiado: se suicidó apenas salió de pase.

Dijo una vez a un periodista que cuando un escritor había dejado de escribir lo mejor era morir.

Se llamaba Ernest. También es gente de Cuba.


(Tomado de CubaSí)

Editado por Maria Calvo



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