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Doctrina Monroe en su versión trumpista

por Pedro Manuel Otero

A lo largo de dos siglos, los gobiernos de Estados Unidos han mantenido un proyecto sistemático de dominio hemisférico sobre América Latina y el Caribe, que hoy se expresa tanto en una densa red de bases militares como en la ofensiva política y militar de Donald Trump desde su regreso a la presidencia.

La llamada Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue el punto de partida de esa vocación expansionista al declarar que el hemisferio occidental quedaba bajo la tutela exclusiva de Washington, lo que en la práctica significó negar la plena soberanía de los pueblos latinoamericanos y abrir la puerta a intervenciones, ocupaciones y cambios de régimen promovidos desde el Norte.

Con el tiempo, corolarios como el de Theodore Roosevelt transformaron esa doctrina en una especie de “licencia” para actuar como policía regional, intervenir en los asuntos internos de los países de la zona y garantizar, por la fuerza si era necesario, el predominio de los intereses económicos y estratégicos de Estados Unidos.

Esa vocación de dominio se tradujo en la construcción de una extensa red de bases militares desplegadas en puntos neurálgicos del continente y el Caribe.

Tras el cierre de las instalaciones en la Zona del Canal de Panamá, el Pentágono no redujo su presencia sino que la reconfiguró en forma de bases permanentes, puestos de operación avanzada y centros de inteligencia en países como Colombia, Honduras, así como en islas del Caribe y en el entorno geopolítico de Venezuela.

Instalaciones como la base de Guantánamo en Cuba o Soto Cano en Honduras son solo la cara visible de un entramado más amplio, que incluye instalaciones formalmente bajo bandera local pero con fuerte presencia de personal y equipamiento estadounidense, configurando un dispositivo de control sobre rutas marítimas, comunicaciones clave y áreas ricas en recursos naturales.

Bajo el hipócrita discurso de la “lucha contra las drogas”, el “combate al terrorismo” o la “cooperación en seguridad”, esta red de bases funciona como plataforma para la proyección rápida de fuerzas especiales, acciones encubiertas de inteligencia y presión constante sobre gobiernos que intentan ejercer una política exterior autónoma.

En el contexto actual, con Donald Trump de nuevo en la Casa Blanca, ese andamiaje militar se articula con una ofensiva abiertamente agresiva contra la idea de América Latina y el Caribe como “zona de paz” proclamada por la CELAC.

El gobierno de Trump ha recolocado a la región en el centro de su agenda de seguridad, endureciendo la militarización de fronteras, radicalizando el discurso antiinmigrante y combinando la presión económica y diplomática con el uso directo de la fuerza contra gobiernos incómodos, como se evidencia en el asalto para secuestrar al presidente Nicolás Maduro en Caracas.

Esa operación, que violó de forma flagrante la soberanía venezolana y los principios elementales del derecho internacional, se inscribe en la lógica de una potencia que se asume por encima de las normas multilaterales y actúa como un verdadero capo mafioso en la escena internacional, dando un tiro de gracia a la credibilidad de organismos como la ONU, la OEA o la propia Corte Internacional de Justicia.

El discurso que acompaña estos hechos deja al desnudo el apetito expansionista de Washington en su versión trumpista.

Trump ha hecho explícito que no aceptará ningún cuestionamiento a la dominación estadounidense en el hemisferio occidental y ha prometido “restaurar” una hegemonía incontestada en América Latina, actitud que reactualiza las peores tradiciones intervencionistas asociadas a la Doctrina Monroe.

La combinación de bases militares, operaciones especiales, sanciones económicas y campañas mediáticas contra gobiernos no alineados constituye un esquema integral de recolonización bajo ropajes del siglo XXI, que choca frontalmente con la aspiración latinoamericana a la integración soberana, a la solución pacífica de los conflictos y al respeto irrestricto del derecho internacional.

Frente a este cuadro, la vigencia del antiimperialismo latinoamericano, desde José Martí hasta los procesos emancipadores contemporáneos, aparece como un referente indispensable para comprender y enfrentar la actual ofensiva de Estados Unidos y de Donald Trump en la región.

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