Allí estaba en Ginebra, en el Palacio de las Naciones, situado cerca de la Place des Nations y la Avenue de la Paiz, como principal invitado de honor de la 51ª Asamblea Mundial de la Salud. Esa vez no vistió su uniforme verdeolivo ni sus grados de Comandante en Jefe, sino un traje color azul oscuro y corbata roja.
Todos se volteaban para verlo y muchos quedaron como hipnotizados, para no perderse un instante único. Apreciaron sus pasos firmes y su andar erguido como si marchara al combate.
El discurso del líder cubano, el 14 de mayo de 1998, fue enfático al cuestionarse las muertes de tantos niños y de pobres, cuando en los países ricos las personas viven, como promedio, 12 años más que en los países subdesarrollados. Aún resuena la pregunta «¿Quién salvará nuestra especie?»
El suizo Philippe Stroot, también se paralizó cuando tuvo cerca al líder cubano por un momento. Como jefe de prensa y portavoz de la OMS en el evento casi sintió su aliento. Se preparó para entablar un diálogo con él.
Contaría de su simpatía hacia el proceso social de Cuba y que vivió fervientemente los combates de la Sierra Maestra y el triunfo de la Revolución en 1959, gracias a varios medios de prensa europeos auspiciados por las corrientes políticas de la izquierda.
Por ahí supo de la invasión por Playa Girón en 1961, de la campaña de alfabetización y de las medidas populares implementadas en favor del pueblo cubano. Luego descubrió la historia de ese proceso de cambio en el libro de una escritora francesa, Ania Francos, titulado «La Fiesta cubana», que lo apasionó y lo convirtió en un admirador de Cuba, de Fidel y del Che.
Le relataría que para terminar los estudios de secundaria básica, eligió investigar y profundizar sobre la isla caribeña en un trabajo de curso que fungía como examen para optar por la universidad en un ejercicio conocido por «Maturité».
Con este tema obtuvo la máxima calificación y el profesor le confesó que conocía muy poco sobre la realidad cubana y debió informarse antes para poder hacer las preguntas pertinentes en el examen.
También la anécdota de 1968, siendo atleta de 100 y 200 metros, cuando conoció en una compentencia en la ciudad de Lausana a los corredores Juan Ramírez y Pablo Montes, con quienes conversó sobre su simpatía por Cuba y de ese diálogo guarda una camiseta del equipo nacional de atletismo, regalada por ellos. Eso lo hizo admirar las medallas obtenidas por el campeón olímpico Alberto Juantorena.
Esos hechos lo motivaron para en 1996, -junto a su novia y con posterioridad su esposa-, hacer su primer viaje a Cuba y recorrer muchas ciudades, quedando impresionado con el trato recibido por los cubanos, que con su carisma amable y entusiasmo lo hicieron sentirse como en casa.
Lo vio llegar al Club Suizo de la Prensa, junto a su delegación, y seguido por todas las cámaras fotográficas y de televisión. Ofreció una gran conferencia para todos los medios acreditados al evento que de inmediato tuvo una repercusión mundial.
Al concluir, Philippe quedó en la sala y fue el instante que tuvo para acercarse al presidente cubano. Lo tuvo delante y en ese momento enmudeció ante la figura imponente de barba tupida y palabra locuaz. Sólo atinó a proponerle un autógrafo encima de una pegatina de la bandera cubana.
Su compromiso fue certero: la Revolución recibirá su apoyo incondicional hasta los últimos días de su vida. Esa decisión lo hizo incorporarse a la Asociación Suiza-Cuba, porque «Cuba tiene algo único: es al mismo tiempo el país más solidario, con la ayuda que presta en todo el mundo, y también el más soberano, ya que no permite que nadie le imponga nada».
