Un mar de pueblo, compacto y silencioso, anegó este viernes el corazón de Holguín. Era el gesto solidario de una provincia, de una isla entera, despidiendo a sus hijos caídos. Treinta y dos combatientes, siete de ellos de esta tierra oriental, arrancados de la vida por la despiadada maquinaria de guerra del imperio.
El crimen ocurrió en suelo venezolano, en la hermana República Bolivariana, víctima permanente del acoso y la agresión de Washington.

El merecido tributo tuvo lugar en un emblemático museo holguinero.
El escenario es simbólico: frente al Museo Provincial La Periquera, testigo momentos trascendentales de la historia de la Ciudad de los Parques, los holguineros acompañan a las familias que han recibido el golpe más seco: el de cinco urnas cubiertas con la bandera de la estrella solitaria.
Entre ellos, hombres como el teniente coronel Gregorio Romero Osorio, sobreviviente del bombardeo yanqui, quien regresó de cumplir misión en Venezuela, para rendir tributo a sus compañeros desde la intimidad del dolor compartido.

Teniente Coronel Gregorio Romero Osorio.
Su testimonio es estremecedor en su crudeza: «Pude constatar allí, porque estaba en el lugar… como quedaron esos cuerpos». Habla de compañeros deshechos por las bombas. Habla de una masacre.
Otro de los presentes, el también teniente coronel Abel Guerra Pereda, desnuda la perversidad del ataque: «Prácticamente nosotros no teníamos armamento… estábamos dormidos, nos bombardearon las seis viviendas».

Teniente Coronel Abel Guerra Pereda.
He aquí la esencia del modus operandi del gigante militar: la fuerza bruta, abrumadora, cobarde, aplicada contra objetivos indefensos: «Se ensañaron contra los cubanos» repite varias veces. Es la doctrina del terror aplicada ahora contra la cooperación internacionalista cubana.
Pero en este duelo colectivo, junto al dolor, brota con más fuerza la determinación. Las lágrimas se secan con la llama de la convicción. «La patria es sagrada y ninguna amenaza nos va a amedrentar», sentencia Romero Osorio.
Y en esa frase late el espíritu de una nación que ha hecho de la resistencia un arte y de la soberanía un dogma inquebrantable. El tributo en Holguín no es solo un acto fúnebre; es una reafirmación política. Es la línea que se traza en la arena: el bombardeo buscaba aterrorizar, buscaría disuadir a Cuba de su alianza con Venezuela, de su desafío al orden unipolar.
Al evocar las tradiciones de Maceo, Martí y Gómez, los héroes sobrevivientes del ataque imperialista están señalando el hilo conductor de la historia cubana: la lucha, siempre desigual, contra un imperio que ha pretendido dominar la isla por siglos.
Los treinta y dos caídos en Venezuela se inscriben, trágicamente, en ese mismo martirologio. Son los nuevos mambises, caídos en una guerra irregular y no convencional que Estados Unidos libra contra cualquier proyecto de independencia en su «patio trasero».
Lo ocurrido en Holguín es una réplica de la Cuba de hoy. Un pueblo que, frente a la asfixia económica de un bloqueo criminal reforzado, no solo resiste, sino que encuentra fuerzas para llorar y honrar a sus muertos en misiones de solidaridad a miles de kilómetros.

El imperio calculó mal. Pensó que el miedo podría más que el honor. Y lo que encontró, en las calles de una ciudad oriental cubana, fue un mar de pueblo que convierte el luto en fortaleza y el crimen en razón para persistir.
Cada uno de esos treinta y dos nombres, grabados ahora en la memoria de Holguín y de toda Cuba, es un juramento de lealtad. Un recordatorio de que la batalla continúa, de que el internacionalismo no es una frase sino un compromiso que puede pagarse con la vida, y de que, frente a la barbarie imperial, solo hay una respuesta posible: más unidad, más conciencia y la inquebrantable decisión de ser, siempre, «cubanos dignos».
(Yudit Almeida, coresponsal de Radio Habana Cuba en Holguín)
