Para la enfermera Julia Martha Aballe Pijuan, trabajar como colaboradora cubana en Trinidad y Tobago ha sido todo un reto personal y profesional, porque debió adaptarse a escuchar otro idioma, vivir en otra cultura y compartir con personas diversas.
Ella es Licenciada en Enfermería, diplomada en urgencias médicas y cuidados intensivos, especialista de 1er grado en enfermería comunitaria y Máster en Medicina Bioenergética y Natural. Reside actualmente en la provincia central de Sancti Spíritus pero nació en el oriente, en Holguín.
Su llegada, a la isla caribeña en el 2021, ocurrió cuando el azote de la pandemia por Covid 19, en que los servicios de salud colapsaron ante el incremento de los enfermos, la carencia de medicamentos y el combate a una enfermedad desconocida y poco estudiada hasta ese momento.
De esa experiencia nos dice: «Ahora lo miramos con orgullo, porque lo hicimos bien, tanto es así, que las administraciones de las instituciones donde desarrollamos nuestro trabajo, aprobaron la continuidad de la misión en los próximos años en sus servicios. En lo particular, yo me emocioné mucho al conocer el contenido de una carta de solicitud de extención del trabajo hecha por mi jefa».
Ella trabaja aún en el Hospital General de Puerto España, en el servicio de urgencias. No tuvo experiencias anteriores en otras misiones fuera de su país por lo que el desafío estuvo en dominar el idioma inglés que se habla en Trinidad y Tobago, y trabajar en plena pandemia, con el temor de contagiarse.
Comentó que para acceder a la misión se sigue un protocolo, que se inicia en el lugar donde labora en Cuba, (ella integra el colectivo del Policlínico Universitario Juan Miguel Martínez Puentes, de Sancti Spiritus) con la elección en asamblea por parte de sus compañeros atendiendo a su desempeño profesional.
Luego se llena la documentación para formar parte de las Brigadas de colaboradores en cualquier país donde se necesite y de acuerdo a la solicitud que hagan los diferentes gobiernos se va a un lugar u otro, siempre teniendo como premisa los títulos académicos alcanzados, el curriculo y los conocimientos idiomáticos.
Al ser seleccionado, deben someterte a un examen por parte de las autoridades sanitarias del país solicitante, con una entrevista oral y escrita en el idioma oficial de esa nación, y la aprobación pasa por una comisión integrada por personalidades del país de destino. «Por supuesto, Cuba nos prepara con anticipación, yo recibí cursos de idioma inglés y francés», aseguró la “seño”.
Añadió: «Antes de partir nos reúnen en la Unidad Central de Colaboración Médica en La Habana, nos explican las características específicas del trabajo, de la situación del país a viajar, de la conducta a seguir y nos entregan un contrato, en original y copia, con carácter jurídico y dónde se especifica claramente las condiciones laborales, el salario, las vacaciones y otras capsulas del aseguramiento a los familiares en Cuba. Se firma por parte del colaborador y de la institución pertinente».
Para ella, lo más difícil está en la separación de la familia «sobretodo, el abrazo, la risa, la compañía, la complicidad. Se extrañan las calles extrepitosas, los pregones de los vendedores ambulantes, el juego de los niños».
Sobre anécdotas, dice que acumula muchas, pero lo más impresionante es ver la gratitud de sus pacientes y familiares. «Me emociona mucho que en el hospital usamos el vestuario sanitario y nasobucos. Cuando voy por la calle, ya vestida de civil y sin protección, las personas me identifican y me saludan con cariño. Eso, al menos para mi, es invaluable porque el calor humano no varía a pesar de las etnias, las culturas, los sistemas sociales o los credos».




