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Buenas noticias, pero parciales

Imagen ilustrativa. (Archivo)

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Por: Guillermo Alvarado

La letalidad del síndrome de la inmunodeficiencia adquirida, SIDA, disminuyó a la mitad el año pasado con respecto a 2005 gracias al diagnóstico temprano, las campañas de prevención y la ampliación del tratamiento con antirretrovirales, de acuerdo con un informe divulgado esta semana por el programa de las Naciones Unidas para la lucha contra ese mal.

A lo largo de 2016 los fallecidos como consecuencia de la pandemia ascendieron a un millón, todavía una cantidad respetable, pero mucho menor a lo que venía ocurriendo antes de que la comunidad internacional hiciera un esfuerzo para combatir el virus.

Hay lugar para un moderado optimismo entre los encargados de este combate, si bien como suele ocurrir con las estadísticas, detrás de los números existen enormes disparidades que no pueden, ni deben, pasarse por alto.

Desde que se comenzó a llevar un registro oficial de las víctimas del SIDA  en 1981 han muerto 36 millones de personas. No obstante, como en países poco desarrollados una gran cantidad fallecieron sin haber sido diagnosticados, el total verdadero es en realidad desconocido.

La ONU reportó que el año pasado por fin se logró que el 53 por ciento de los enfermos tengan acceso a un tratamiento, pero si se mira desde el otro lado, eso significa que todavía hay 47 de cada cien infectados sin alcanzar ese beneficio, sobre todo en países pobres de África y algunas regiones de Asia, hasta donde los avances de la medicina siguen sin llegar.

El objetivo para 2020 es que 30, de los casi 37 millones de pacientes en la actualidad, puedan recibir medicamentos, aunque el director ejecutivo de ONUSIDA, Michel Sidibé, recordó que no se trata sólo de una cuestión médica sino que implica también una serie de factores humanos y políticos.

No es casual que en medio de un descenso general de la letalidad de la pandemia, se registró un incremento de muertes en el norte de África, el Oriente Medio, Asia central y el este de Europa, zonas afectadas por conflictos armados, muchos de ellos impuestos desde otras regiones por intereses económicos o geopolíticos.

Las diferencias en este mundo también se notan en el combate al SIDA. En Estados Unidos y la Unión Europea el número de enfermos con tratamiento asciende al 89 por ciento, por lo que las tasas de sobrevivencia también son elevadas.

Por el contrario, en países como Guinea Conakry y República Democrática del Congo, las personas que llegaron en el último trimestre de 2016 a los centros de atención iban en un estado tan avanzado de la enfermedad, que entre el 36 y el 43 por ciento murieron al nada más arribar y otro tercio pereció en las 48 horas posteriores a su hospitalización.

Hay buenas noticias, sin duda alguna, sin embargo todavía falta mucho por hacer, sobre todo en las regiones más abandonadas de nuestro planeta, antes de comenzar a cantar victoria sobre un azote que ha diezmado poblaciones enteras y aún tiene una mortalidad potencial que no puede dejarse de lado y que nos  convoca a todos en la lucha para controlarlo y, si es posible, eliminarlo.

Editado por Maite González Martínez
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