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Ocho años de infierno en Libia

Foto: Archivo.

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Por: Guillermo Alvarado

Se cumplieron en estos días ocho años del inicio de las revueltas instigadas desde el exterior para derrocar al coronel Muanmar Al Gadafi en Libia, con lo que se abrió pasa a un sangriento conflicto en el país norafricano que permanece fragmentado y su población bajo el imperio de bandas armadas que luchan entre sí por el poder.

Las potencias occidentales, con Francia a la cabeza, organizaron masivos bombardeos de la belicista Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, con el fin de romper la espina dorsal del ejército libio y forzar la salida de Gadafi de Trípoli, quien fue posteriormente capturado, torturado y asesinado.

Con extraordinaria similitud se trató de poner ese guión en práctica en Siria, aunque allí las tropas gubernamentales resistieron el embate, que aún persiste en manos de una coalición internacional que dirige Estados Unidos sin ningún respaldo legal como se ha denunciado en reiteradas ocasiones.

En el caso libio, la caída del gobierno abrió paso a diversos grupos que dirimen sus diferencias con bombas y tiros, aportados por occidente, y que hicieron retroceder a la edad media a una nación que figuraba entre las más estables de esa región.

El costo humano de esta pesadilla es extraordinario y las estadísticas oficiales, que por estos días difunden algunos medios de comunicación, de cinco mil muertos y un millón de desplazados se quedan muy por debajo de la realidad y no contemplan el sufrimiento causado por la destrucción de la infraestructura y el colapso de los principales servicios básicos.

En estos momentos hay dos ejecutivos en disputa, uno encabezado por el Gobierno Nacional Libio, con apoyo de la Organización de las Naciones Unidas, pero que prácticamente no funciona más allá de Trípoli, la capital.

Atrincherado en el este del país opera el Ejército Nacional Libio bajo el mando del mariscal Jalifa Haftar, quien incursiona en las regiones desérticas del sur donde se apoderó de grandes yacimientos petroleros.

El resto de Libia permanece sin ley ni orden y se convirtió en caldo de cultivo para la proliferación de organizaciones extremistas de todo tipo, entre ellas el grupo terrorista Estado Islámico que, aunque debilitado, aún mantiene poder en varios lugares.

La ONU conserva la ilusión de realizar una conferencia nacional de reconciliación entre todos los grupos rivales y convocar a elecciones para conseguir un gobierno de verdad, pero la destrucción material, política y social que sufrió el país hace que esto no sea nada más que eso, una ilusión.

En este tiempo en que tropelías semejantes se diseñan en otros lugares del planeta, como en el sur del continente americano contra Venezuela, conviene no olvidar en ningún momento que todo lo ocurrido en Libia, absolutamente todo lo que llevó a la destrucción de una nación, lo hizo occidente en nombre de la libertad y la democracia y bajo el manto del concepto de la “responsabilidad de intervenir por razones humanitarias”, que solo esconden su insaciable sed de petróleo y otras riquezas naturales.

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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