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El gran poder financiero de las maras

Foto: Archivo/RHC.

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Por: Guillermo Alvarado

Acostumbrados a verlas como fueron en sus inicios, se tiene la visión generalizada de las maras, las temibles pandillas juveniles, como grupos de jóvenes violentos e inadaptados que extorsionan y siembran el miedo en pequeños barrios marginales, pero nada hay más lejos de la realidad.

Es verdad que por allí comenzaron cuando fueron deportados desde Estados Unidos donde, como ya es conocido, surgieron como una alternativa ante la violencia y corrupción que amenazaba a los migrantes centroamericanos.

Su crecimiento y desarrollo en Guatemala, El Salvador y Honduras fue proporcional a los extraordinarios niveles de miseria, abandono y descontento. Jóvenes, adolescentes y hasta niños se adhirieron a ellas como un grito de protesta y revancha hacia la sociedad que los marginó.

Nunca fueron, sin embargo, una alternativa a la pobreza, ni un intento de cambiar las estructuras sociales. De hecho sus primeras víctimas eran gente que debió pagar extorsiones a cambio de mantener abiertos pequeños negocios, tiendas de abarrotes, bares y hasta por la vivienda que ocupaban.

El argumento era implacable: quien no pagaba era asesinado él, algún pariente y no pocas veces todo el grupo familiar. Se instauró un régimen de terror que pronto desbordó los límites del barrio o colonia.

La extorsión fue, y sigue siendo, la primera y quizás más importante fuente de ingresos para las maras y ella le siguieron otras prácticas como el sicariato, es decir el asesinato por encargo. La oferta subió tan por encima de la demanda que una vida se valoró por debajo de 50 dólares.

El siguiente paso fue incorporarse al crimen organizado, en particular el tráfico de drogas y de vehículos robados y, por la naturaleza de sus “negocios”, también entraron en contacto con el trasiego ilícito de armas.

Todo esto dio paso a un enorme flujo de dinero, pero ello no significó que todos los miembros de la mara se beneficiaran de la misma forma. Recordemos la estructura piramidal y rigurosamente compartimentada de estos grupos. El “soldado” de una clica no tiene la menor idea de a dónde va a parar el dinero que entrega, ni cuánto se recauda al final.

La fiscalía de El Salvador calculó en 2018 que la mara Salvatrucha puede obtener en ese país hasta 80 mil dólares en efectivo diarios. Súmele lo que consigue en Honduras y Guatemala y estamos hablando de muchos millones de dólares al año.

Aquí surge la cara menos conocida de las maras, su incorporación al mundo empresarial donde manejan sofisticados negocios inmobiliarios, importación y venta de vehículos, transferencias financieras, proveedores comerciales y todo cuanto sirva para lavar sus ganancias.

De la clica del barrio al impoluto universo empresarial. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿El poder político, o ya están allí?

Editado por Lorena Viñas Rodríguez
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