Carnavales de Santiago de Cuba arraigados en su historia

Famosos en el mundo son los carnavales celebrados tradicionalmente en julio en la ciudad de Santiago de Cuba, a unos 950 kilómetros al este de La Habana, y cuyas raíces hay que buscar en la época colonial con las procesiones religiosas, en honor al santo patrón que dio nombre a la homónima ciudad.

Entonces, los vecinos de la villa fundada por Diego Velázquez, recorrían las principales calles y daban vueltas alrededor de la iglesia La Catedral, hasta hoy con una posición privilegiada y donde supuestamente fue enterrado el avezado conquistador español a pedido suyo.

La celebración del Día de Santiago Apóstol, el 25 de julio, era ambientada por los cabildos y parrandas que entonaban pegajosos estribillos, mientras los mamarrachos atraían a grandes y chicos con el peculiar enmascaramiento y un vestuario multicolor.

Esas procesiones con el paso del tiempo se extendieron a otras fechas marcadas en el mes como Santa Cristina, Santa Ana y San Joaquín, enriquecidas con el aporte de las culturas franco-haitianas y, de manera particular, con los típicos trajes, danzas y música de sus ancestros.

Con el triunfo de la Revolución los carnavales se institucionalizaron como manifestación de la cultura cubana y, por supuesto, se enriquecieron con el ingenio de artistas y el pueblo.

Muy esperados son los desfiles de las agrupaciones danzarias que en el caso de las comparsas, de origen africano, predominan los toques de tambores, corneta china, quinto, campana y otros instrumentos, las cuales arrastran tras de sí a una impresionante multitud.

De la preferencia popular son las de San Pedrito, San Agustín, Paso Franco, Alto Pino, El Guayabito y, en particular, la de Los Hoyos, la más sobresaliente de todas.

Por el contrario, los paseos traen consigo la vistosidad de sus trajes, colorido y uniformidad de las coreografías como sucede en La Placita, La Textilera, Heredia y Sueño.

Sin dudas, tales jolgorios devienen los festejos más esperados por los santiagueros, cuyas moradas cobijan a coterráneos de cualquier rincón de la Isla dispuestos también disfrutar de la música y la desbordante alegría que se adueña de calles, barrios, parques y plazas durante casi una semana.

Editado por Pedro Manuel Otero



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