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Che

Ernesto Che Guevara. Foto: Archivo

Ernesto Che Guevara. Foto: Archivo

Por Graziella Pogolotti*

Los visitantes acuden al monumento que guarda sus restos. Su imagen recorre el mundo. Es leyenda y paradigma. Su figura está aureolada por la acción heroica, por el sacrificio sin límites, por la consecuencia entre la acción y la palabra.

Cruza fronteras porque, en tiempos difíciles, la humanidad necesita soñar con un mundo mejor, presidido por principios de justicia, rotos los abismos entre los poderosos y aquellos otros (una gran mayoría) despojados de todo, aún de la esperanza.

La fuerza de la imagen es tanta que deja en la sombra su contribución al desarrollo de un pensamiento crítico y creador, merecedor de una relectura inscrita en los problemas de la actualidad.

Fidel había llamado a su rescate en 1986 en ocasión del proceso de rectificación de errores y tendencias negativas. Pero el desafío impuesto por las consecuencias del derrumbe del campo socialista y la necesidad de concertar los esfuerzos en la batalla por la supervivencia dejaron poco espacio para debates de orden conceptual.

Sin embargo, las ideas del Che se habían forjado en estrecho diálogo entre teoría y práctica. Su largo peregrinar juvenil por la América Latina distó mucho del cómodo andar de un turista. Hecho en condiciones precarias, le impuso la cercanía con los de abajo.

Fueron experiencias compartidas en su compleja realidad contradictoria, un aprendizaje de vida, todavía ajeno a generalizaciones librescas más abstractas. Sufrió en Guatemala el impacto de la agresión imperial contra un Gobierno que intentó cambios de carácter más reformista que radical. Sus lecturas de entonces empezaron a nutrir la base de un cuerpo de ideas.

En el transcurso de menos de una década, su tiempo cubano simultaneó aprendizaje y creación. Para hacer Gobierno con perspectiva transformadora, había que saber.

Estudió economía y matemáticas. Desplegó una importante actividad internacional. Viajó con mentalidad de investigador atento y crítico, sin dejarse ofuscar por los intercambios protocolares.

Encontró fisuras peligrosas en los procesos de construcción socialista europea que se expresaron en sus apuntes de economía política y lo condujeron a formular algunas de sus ideas centrales. El manejo de las cifras del plan producía un desajuste entre la aplicación de estímulos por sobrecumplimiento y el rendimiento real.

El énfasis en el estímulo material no encontraba contraparte en la formación de la conciencia. Debilitaba el papel del sujeto en tanto partícipe activo del proceso transformador.

No se desentendió de una clara percepción de los problemas concretos de la realidad, ni de las debilidades que atraviesa la especie humana, marcada por un largo condicionamiento histórico.

Como Ministro de Industrias, tuvo que afrontar problemas de la más diversa naturaleza, heredada de un mundo heterogéneo integrado por la avanzada tecnológica de la producción de níquel paralizada por quienes la abandonaron sin dejar huellas del funcionamiento de su andamiaje.

Se hizo cargo de la tradición azucarera. Al mismo tiempo, tuvo que incorporar pequeños talleres poco rentables que constituían, sin embargo, una fuente de trabajo en una coyuntura de alto desempleo. Emprendía la gigantesca tarea en medio de la emigración del personal experimentado.

Fundó entonces una escuela para la preparación de administradores a fin de capacitar en lo esencial a quienes tenían entonces un bajo nivel de escolaridad. A la vez, con mirada de futuro, abrió un departamento de sicología con el propósito de valorar científicamente los rasgos de personalidad de quienes habrían de impulsar el sector.

No desdeñó tampoco el espacio que correspondía al diseño en el desarrollo de una industria nacional. Partiendo del subdesarrollo establecía los cimientos para una edificación vuelta hacia la modernidad.

Las técnicas y procedimientos afinados por el capitalismo no son descartables, siempre y cuando se convoquen al servicio de la construcción de un modelo emancipador. Con el oído puesto en los avatares de la emergencia cotidiana, el desafío exigía una sistemática dedicación al estudio riguroso de materiales teóricos.

En horas tempranas de la mañana, el Ministro ofrecía el ejemplo personal y comprometía en el empeño a sus colaboradores. Concedió particular importancia a la investigación científica.

Fundó una institución dedicada a explorar las posibilidades de desarrollo de los derivados de la industria azucarera con vistas a responder a demandas nacionales y a liberarnos de la dependencia de la producción de una materia prima de escaso valor agregado y sujeta a la siempre amenazante volatilidad de los mercados.

La labor educativa del Che no se limitó a jerarquizar la superación en el plano intelectual, necesario pero insuficiente para hacer del hombre la palanca impulsora de los cambios. Lo decisivo se situaba en el ámbito de los valores sustentados en el compromiso pleno con una ética inquebrantable.

Para no sucumbir, había que crecer en la impalpable zona de lo espiritual. En el trabajo con los cuadros, en las visitas a las fábricas, desconfiado de halagos y de las intrigas palaciegas frecuentes en el entorno del poder, profundizó en la búsqueda de la verdad, procuró la información certera y convirtió en regla el ejercicio de la crítica.

Puso un valladar a los gérmenes de corrupción y a la complacencia con compromisos establecidos en círculos de amistad.

Cuando el neoliberalismo expande su doctrina economicista, socava la solidaridad entre los hombres y amplía las brechas sociales, la figura del Che se reafirma como símbolo y llamado a la resistencia.

Admirable en su heroísmo, lo es también por su contribución al enriquecimiento del pensamiento socialista, por su ejemplo de educador y su cercanía a las masas.

Cuando los medios seducen y manipulan el imaginario colectivo, la voluntad del Che de construir un sujeto para la revolución mediante la reivindicación de valores morales compromete con una necesaria continuidad, porque vinculada a la ética, la política recupera su fuente nutricia.

*Destacada intelectual cubana

(Tomado del periódico Juventud Rebelde)

Editado por Martha Ríos
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