Vivimos una época política en que la sucesión de hechos reales, o virtuales, impone a los consumidores no profesionales de información un olvido recurrente de la historia y una incapacidad para prever el futuro.
El principal esfuerzo en ese sentido, proviene sobre todo de los restos de lo que alguna vez fue el gobierno federal de Estados Unidos, pero con más fuerza aún de las megacorporaciones que controlan los algoritmos en redes, los datos personales y hasta el sueño de los ciudadanos comunes.
La transición que tiene lugar en el desorden multilateral entre los países que han formado parte del sistema de Naciones Unidas desde 1945 apunta en diversas direcciones: desde los intentos de los que aún aspiran a construir un mundo mejor, pasando por los que solo piensan en controlar su entorno geográfico más inmediato, hasta los que intentan prevalecer a cualquier costo, incluido el fin de la Humanidad, o de buena parte de ella.
En medio de esa realidad nada halagüeña, tenemos la obligación de alzar la vista y mirar un poco más allá, imaginar un futuro y construir, tratar de desentrañar las claves de aquellos procesos que conocemos que no serán permanentes en el tiempo.
Releyendo en estos días las principales aproximaciones de la ciencia, la prensa y la academia estadounidense, es casi nulo el esfuerzo por tratar de visualizar un escenario post Trump. Es tal la intensidad del desorden y el caos que impera en la rama ejecutiva de Estados Unidos, y que se exportan hacia el exterior, que muchos asumen que tal estado de cosas sería permanente o irreversible. Y puede que tengan razón.
Pero aún en ese caso, políticos, líderes de opinión, empresarios, burócratas, directivos universitarios y otros que pueden tener un impacto en cómo se desarrollan los acontecimientos futuros del país, deberían preguntarse desde ahora, cómo evitar que la actual crisis continúe en el tiempo, o cómo impedir que se reproduzca en el futuro.
La trumpopresencia permanente en titulares nacionales y extranjeros hace pensar a una mayoría que la figura que los origina no dejará de existir como fenómeno político, o biológico en algún momento. De forma contradictoria, los que participan y se benefician a diario de sus desmanes presidenciales son los que tienen una visión más clara de que esta puede ser una oportunidad pasajera, que deben aprovechar al máximo y con toda intensidad, para cosechar sus beneficios personales en el menor tiempo posible.
Con toda objetividad, Donald Trump como ser humano y como político-empresario debe tener más días vividos que por vivir. No podrá reelegirse para otro mandato y no tiene tras de sí una estructura partidista, o de otro tipo, que posibilite la extensión en el tiempo de lo que pueda denominarse “su legado”.
A simple vista, su vicepresidente nominal JD Vance cada vez aparece más relegado y autorrelegado tanto en las noticias como en las decisiones principales del gabinete. Se siente como un hombre joven, que pudiera tener una vida ejecutiva futura y que no querría cargar con el fardo maloliente de su jefe, al estilo de lo que ya hizo Mike Pence (mucho más viejo) el 6 de enero del 2021.
Quizás no pueda afirmarse que su “equipo de gobierno” tenga el record de más bajas en 17 meses, pero se han sucedido salidas importantes en carteras de primer orden: Fiscal General, Seguridad Nacional, Secretaría del Trabajo, Inteligencia Nacional, además del Director del Centro Nacional Antiterrorista, el Secretario de la Marina, el Asesor de Seguridad Nacional, el Subdirector del FBI y el Comandante de la Guardia Fronteriza.
Particularmente intensos han sido los cambios al interior de la ahora llamada Secretaría de Guerra y en los mandos del Ejército y sus representaciones en el exterior, en medio del desastre de la aventura militar contra Irán. Aún permanece en su puesto el Secretario Pete Hegseth, quien únicamente es superado en su servilismo más pleno e irreflexivo por el actual Secretario de Estado, quien lógicamente sueña con ser el elegido republicano para el 2028.
Y aquí podría agregarse, “más lo que está por venir”, si recordamos la limpieza de medio término que hizo Trump al llegar a la mitad de su primer mandato a finales del 2018. Estos datos deben ser suficientes para fundamentar la conclusión de que él será el único absuelto de responsabilidad ante cualquier fracaso de política doméstica o externa, tanto los actuales como los que estén por suceder.
Si estas realidades debieran ser tenidas en consideración por partidarios y oponentes domésticos, más aún debieran serlo por dignatarios extranjeros que no han sido suficientemente dignos al sumarse a la comparsa trumpista y bailar a su compás. A países pobres, insulares y diminutos se les puede perdonar la debilidad de haber sido impresionados por el Orange Big Boy, pero los mandatarios de la Vieja Europa y de otros destinos que se creen contados entre los aliados, bien pudieran haber mostrado otra altura en el momento de correr a posar en las fotos de grupo, aplaudir y llamar emocionados Daddy al presidente estadounidense.
En ese pequeño ejercicio de futurismo valdría la pena preguntarse si se volverá a vender alguna vez como producto masivo el American Dream, si habrá nuevos cursos para estudiantes extranjeros sobre “valores democráticos”, y si las naves en alta mar se orientarán nuevamente por el Beacon of Freedom. Todo el rompecabezas que se armó durante años y sobre millones de dólares para construir la empaquetadura del hegemón superior e inigualable, ha sido destrozada de un golpe por el chantaje, las amenazas y el uso de la fuerza por el 45-47 y su equipo más cercano.
Quizás quien hizo la mejor interpretación del parteaguas que significa este momento que vivimos fue el israelita Benjamin Netanyahu, quien sacó amplia ventaja de años de penetración del Mossad y del lobby judío en la sociedad estadounidense para, en un momento de total caos, arrastrar a la maquinaria de guerra de su gran aliado y benefactor en función de planes sionistas suicidas en el Medio Oriente.
Aún están por suceder varios procesos que agudizarán, o atenuarán, la crisis que compartimos hoy. Las llamadas elecciones de medio en noviembre del 2026 podrían significar una victoria demócrata, en una o en las dos cámaras del Congreso. En dependencia de la magnitud de la derrota republicana los oponentes demócratas retomarían, o no, un proceso de impeachment contra Trump, como intentaron infructuosamente en el 2019. ¿Un Trump acorralado por una sucesión de derrotas sería más o menos temerario?
Para Cuba estas preguntas y posibles escenarios constituyen también una invitación para observar al futuro desde otros ángulos. La crisis a la que la Isla ha sido sumida por el reforzamiento multidimensional del bloqueo estadounidenses y otros desmanes, es resultado también de la actitud de muchos gobiernos, empresas e instituciones por su disposición a ceder ante las presiones de Washington y abandonar a su suerte a una pequeña Isla que consideran que cae en la “esfera de influencia natural” de Washington.
Cientos de eventos bilaterales o multilaterales, decenas de visitas de delegaciones oficiales e intercambios gubernamentales no han blindado las relaciones diplomáticas y económicas de Cuba con una buena cantidad de países, los cuales han cedido ante la simple amenaza de ser objetos de más sanciones por parte de Estados Unidos. Sería obtuso afirmar que Cuba no ha recibido la solidaridad y el apoyo político de decenas de organizaciones, de partidos políticos y movimientos de todo tipo, pero ellos por separado, o de conjunto, no han tenido la capacidad de constituir una alternativa ante las prioridades de los gobiernos de sus respectivos países. Es válido también afirmar que un pequeño grupo de naciones ha brindado un respaldo, que ha significado una tabla de salvación para el pueblo cubano en tales circunstancias.
Una mirada de Cuba hacia el futuro en un escenario post Trump debería tener mucho más en cuenta la política que se construye desde la economía funcional y no a la inversa. Debemos conocer mejor las cadenas de valores que se generan en las producciones de este mundo y objetivamente decidir a cuáles podemos integrarnos y bajo qué condiciones. Habrá que analizar con más precisión a cuáles procesos de la llamada cuarta revolución todavía tenemos tiempo para acceder y qué significaría no estar presentes en los mismos. Debemos ubicar en la médula de todas nuestras acciones exteriores la presencia de nuestros ciudadanos donde quiera que residan, de manera coherente, constante y constructiva.
Recordando al líder indiscutible que nos condujo hasta la victoria varias veces en el pasado, desde el fondo de varias crisis similares a la que enfrentamos hoy, el futuro solo nos pertenecerá si logramos “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”.
(José Ramón Cabañas, director del Centro de Investigaciones de Política Internacional -CIPI-)
