Hace apenas 36 años, con la desaparición de la URSS y el llamado campo socialista, los cubanos organizados bajo la tutela de la CIA y otras agencias federales en Miami comenzaron una celebración particular bajo el lema de “Cuba next”. Lo esperado no sucedió durante el 1990, ni en el 1991. Veinte y cuatro meses después de los primeros pronósticos, algunos empezaron a preguntarse cómo no funcionaba la fuerza de la gravedad en el caso cubano.
El año 1992, después de casi dos lustros y medio de dominio republicano en la Casa Blanca, era nuevamente un año electoral y los demócratas con la figura de Bill Clinton a la cabeza aspiraban a cambiar el balance de poder a su favor.
En aquella época el llamado lobby cubano, estaba encabezado por la denominada Fundación Nacional Cubano Americana, estructura concebida por el equipo de Ronald Reagan en 1980 para comprometer la mayor cantidad de votos posibles dentro de los cubanos residentes en Florida, y entre otros grupos de latinos. Al frente de la misma, sin elección, ni consulta popular, fue situado el hijo de un ex oficial del Ejército de Fulgencio Batista, que recibió entrenamiento como parte de la Brigada 2506, pero que nunca desembarcó en Playa Girón, porque la CIA lo incluyó en el llamado Grupo de los 40, una especie de escuela de cuadros para conformar el próximo gobierno cubano.
Bajo la Fundación se agrupó la flor y nata del Fortune 500 de Coral Gables y poco a poco fue dejando de ser un grupito de activistas pro reaganistas a conformar una élite que controlaría varios sectores económicos del Sur de la Florida, con inversiones en República Dominicana, Sudamérica, España y un poco más allá. Sus dólares se fueron moviendo de la venta de coches de segunda mano, a la compra de almacenes en los puertos cercanos y varios que apenas masticaban el inglés se preocuparon por llevar a sus hijos a universidades de élite.
Los directivos de la fundación llegaron a creerse firmemente que el poder comercial que habían articulado alrededor de esa y otras organizaciones sería la base para expandir sus riquezas en una “Cuba liberada”, producto de la acción punitiva de sus manejadores y no como resultado de ningún nuevo desembarco con uniformes de camuflaje.
Por esa razón, insistieron con el equipo de campaña del entonces presidente George Bush, candidato a la reelección, para que se aprobara un proyecto de ley que limitara la presencia de terceros países en las inversiones extranjeras, que comenzaban a llegar a Cuba producto de la apertura que se concibió en aquel momento.
La Fundación identificó al congresista demócrata Robert Torricelli, quien había visitado Cuba poco antes, como el vehículo legislativo para introducir el texto que se proponían y hacerlo llegar hasta su aprobación. Solo bastó un paseo en yate frente a las costas de Miami y la módica cifra de 3 millones de dólares para convertir al desconocido político en un Tomahawk legislativo. En aquel momento Bush padre, que venía de haber dirigido la CIA y actuar como oficial operativo entre los cubanos que poblaron Miami en los años 60 del siglo XX, no consideraba que ese era la mejor alternativa para abordar la situación cubana.
Entonces, ocurrió una insubordinación de ex subalternos, algo imposible en el escenario del 1980. Los directivos de la Fundación, que ya podían firmar cheques con cifras de seis ceros, fueron “across the isle” y se dirigieron a los directivos de la campaña demócrata con una propuesta que no podían rechazar. A cambio de una modesta contribución de campaña querían conocer si el ex gobernador de Arkansas estaría dispuesto a considerar el proyecto Torricelli para su firma en caso de ser electo.
Entre la aportación monetaria y la creencia de los esposos Clinton de que Bill casi habría perdido la reelección como gobernador a causa de la crisis que se generó localmente en Arkansas, por el alojamiento forzado de “marielitos” en las cárceles de aquel estado en 1980, el candidato decidió dar su apoyo al engendro anticubano, que dejaría aún más a las claras el efecto multilateral del bloqueo contra Cuba. Esta decisión provocó, en última instancia, que el presidente-candidato Bush cambiara su parecer y finalmente firmara el texto a un mes de las elecciones presidenciales.
A pesar de este esfuerzo de última hora, Bill Clinton fue electo con una cantidad no despreciable de votos hispanos y cubanos. Mantuvo la misma política de “esperar para ver” respecto a Cuba, con la esperanza de que la crisis económica que sufría la Isla llevara al tan esperado cambio de régimen. Pero lo que sobrevino fue un éxodo migratorio en 1994 que, nuevamente, fue utilizado como argumento por los empresarios nacidos de la FNCA para justificar una intervención militar contra Cuba. De hecho el líder de la fundación se dio su viajecito hasta la Oficina Oval y acompañó sus exigencias con palmaditas sobre una mesa ante Bill.
La historia que sigue es conocida, miles de los llamados balseros fueron transferidos a la Base Naval de Guantánamo y, después que tuvieran lugar negociaciones (no una guerra), fue legalizada su entrada a territorio estadounidense. Se había logrado sobrepasar otra crisis bilateral.
Siguieron pasando los meses y la manzana cubana no acababa de caer. Los mismos actores locales de la Florida, que ya habían logrado una importante presencia fuera de las fronteras estatales, e incluso del país, renovaron los esfuerzos anticastristas de cuello blanco. Identificaron a un igualmente corrupto Dan Burton y al marcartista Jesse Helms, como los líderes de una nueva pieza legislativa en la que se reunían todas las variantes posibles del bloqueo económico, comercial y financiero contra la Isla. Tanta era la voracidad anticubana que llegaban a violar un precepto constitucional estadounidense: el texto limitaba la capacidad ejecutiva en la conducción de un tema de política exterior, que claramente era facultad del presidente.
Por esta razón principal, entre otras, el proyecto no sería nunca aprobado por las mayorías de las huestes demócratas o republicanas. Entonces los directivos de la fundación, a través de su parentesco con otras organizaciones anticubanas, fueron creando las bases para construir una situación irregular, que provocara que los políticos federales funcionaran más como manada en éxtasis que por raciocinio.
A finales de 1995 el líder nunca electo de la Fundación apareció en una entrevista de un canal de TV local de Miami ante un ex alcalde reducido a periodista de tercera, proclamando que la crisis económica en Cuba era tan profunda que el ejército cubano contaba apenas con dos aviones de combate MIG-23, uno localizado en La Habana, y el segundo en Holguín, y que en dependencia del día del mes habría combustible para uno sólo.
La historieta, muy similar a las que se multiplican por miles en estos días gracias a los ingenios de Meta, X y otros ejércitos informáticos, caló profundo en la motivación de varios grupos terroristas de ex batistianos cubanos, que aún se encontraban activos en la Florida y que el linaje británico del equipo Clinton era incapaz de controlar. Se hicieron cada vez más provocativos los vuelos cerca de Cuba del grupúsculo nombrado Hermanos al Rescate, que había surgido supuestamente para auxiliar a cubanos migrantes en alta mar y que pasó después a repartir octavillas y otros contenidos sobre aguas y territorio cubano.
Entonces sucedió lo evitable. El 24 de febrero de 1996, el mismo día que un grupo de cubanos residentes en Estados Unidos se encontraba en Cuba participando en un Seminario de la serie Democracia Participativa, tres avionetas de Hermanos al Rescate violaron el espacio aéreo cubano con nuevas provocaciones. Dos de ellas, tripuladas por pilotos inexpertos fueron derribadas por la aviación militar cubana. Una tercera, donde iba el provocador principal del grupo estaba fuera ya de las aguas territoriales cubanas. Nunca explicó cómo llevó a sus jóvenes reclutas a una muerte segura y él salió ileso.
A pesar de que todas las evidencias indicaban lo contrario, ya estaba prefabricada la “noticia” de que aeronaves civiles estadounidenses habían sido derribadas por los comunistas cubanos en aguas internacionales. El jolgorio rompió la inercia en el Congreso, se produjo un nuevo fenómeno de histeria colectiva e irracional entre los legisladores y el proyecto del Ley Helms Burton (LHB) fue aprobado de la noche a la mañana.
Si faltaran pruebas de lo sucedido, solo basta repasar las imágenes del acto de firma de la “ley” por parte del presidente Clinton, en el cual todos los “cubanoamericanos” presentes (incluido el defenestrado Bob Menéndez) lo miran con cara de “we f— you up” y el primer mandatario observa el documento con rostro de “yes you did”.
Para los padres espirituales de la LHB esta sería la piedra que atada al cuello hundiría definitivamente al proyecto cubano. Sin embargo, no se produjo ninguna evidencia inmediata de que tal hecho sucedería. Por azahares de la vida, a los pocos meses del Bay of Pigs legislativo, el líder de la FNCA enfermó de manera terminal. En su lecho de muerte en la confortable Coral Gables, ante el fracaso de todos sus intentos anteriores, invitó a sus aliados y subordinados a protagonizar cualquier hecho violento contra Cuba que llevara al “fin del castrismo” en su tiempo de vida.
Ante la parálisis cómplice de las agencias federales estadounidenses, tuvieron lugar los atentados con explosivos contra hoteles cubanos durante 1997, que provocaron la muerte de un turista italiano, considerables daños materiales y un estado de conmoción popular. Cuba, país atacado (y no a la inversa) amplió y reforzó sus medidas de defensa, entre ellas, la búsqueda de información sobre las organizaciones terroristas que operaban a su antojo en territorio estadounidense, la cual una vez obtenida se compartió con las agencias federales que viajaron a La Habana.
En esas circunstancias de produjo nuevamente una situación en la que el perro mordió al amo. El Buró Federal de Investigaciones, más interesado en encontrar las fuentes probables de la información que se le había compartido, que a los probables comisores de los delitos contra Cuba, fue identificando a algunas de ellas.
En 1998, funcionarios locales del FBI en Miami de origen latino y muy vinculados de manera corrupta a los restos de la FNCA y otros grupúsculos anticubanos, mostraron más lealtad a estos que a sus jefes en Washington y filtraron los datos sobre la identificación y captura de “espías cubanos”.
Lo que pudo concluir en términos de acciones conjuntas para enfrentar el terrorismo se transformó en presentar al agresor como agredido, seguido por un juicio amañado en Miami contra los que expusieron la vida para defender a su país y una secuela de hechos que se extendió por 16 años, para concluir en lo inevitable: la liberación de los Héroes Nacionales de Cuba.
Y el lector preguntará ¿qué tributa esta narración de hechos conocidos a la situación actual?
Pues resulta llamativo que después de lo sucedido en Caracas en enero del presente año, de la declaración presidencial sobre Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria”, más el consecuente cerco petrolero, no haya aparecido en el radar de las agencias federales estadounidenses el renovado activismo de grupúsculos terroristas cubanos en Estados Unidos y se haya llegado a concretar el intento de penetración en el territorio nacional el 25 de febrero pasado.
La noticia prefabricada que cubrió el hecho, tanto como en el 1996, decía que una embarcación civil, cargada de inocentes había sido atacada por fuerzas represivas del régimen. Pero en esta oportunidad las pruebas contundentes de la agresión no desaparecieron en el mar. Sus presentaciones inmediatas ante la prensa y, de nuevo, trasladadas a las agencias federales estadounidenses provocaron un silencio en el éter.
Baste mencionar estos hechos, comparar situaciones, repensar escenarios, para recordar que aunque existe una coincidencia estratégica entre los herederos de la política de estado para destruir a la Revolución Cubana y aquellos que crearon la industria del odio, en muchas ocasiones los intereses tácticos no son los mismos, los tiempos de las acciones difieren y que enanos diminutos le han puesto zancadillas a gigantes.
Una vez más, en medio de una crisis económica severa en Cuba, se escuchan voces que celebran por adelantado, pero también la frustración respecto al funcionamiento de la ley de la gravedad lleva a algunos a tratar de provocar la ocurrencia de hechos extraordinarios entre Washington y La Habana.
Los historiadores estadounidenses que conocen bien sobre la presencia de ciudadanos cubanos emigrados en el entorno del asesinato de John F Kennedy, de su hermano Robert, su protagonismo entre los que ingresaron ilegalmente en el edificio Watergate y frustrados atentados contra Fidel Castro, más muchos otros hechos, conocen mejor que los políticos que la agenda de ciertos sectores en Miami muchas veces difiere, y puede incluso condicionar o precipitar, las decisiones en Washington.
(José Ramón Cabañas, Director del Centro de Investigación de Política Internacional)
