Con la fuerza de la mente y el brazo (+Foto)

Editado por Martha Ríos
2021-12-07 00:07:14

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Con solo 23 años se unió a la lucha independentista
cubana en 1868, liderada por Carlos Manuel de Céspedes.
Foto: Archivo/RHC

Por Roberto Morejón (RHC)

“Tan guapo como Maceo”, acostumbran afirmar muchos cubanos cuando intentan ilustrar la valentía de una persona, pues el prócer Antonio Maceo (1845-1896) fue herido en mil batallas y siempre se recobró, hasta el combate fatal en San Pedro, en las afueras de La Habana, 125 años atrás.

Con solo 23 años se unió a la lucha independentista cubana en 1868, liderada por Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, contra el colonialismo español.

De su madre Mariana Grajales, emblema de bravía, su padre Marcos Maceo y hermanos, Antonio recibió las mejores enseñanzas.

El padre le inició en la maniobra de las armas y la madre le infundió la disciplina que mostrara en las huestes del Ejército Libertador.

Apodado el Titán de bronce, Antonio Maceo y Grajales trasfirió una de las demostraciones más eminentes de intransigencia revolucionaria cuando el 15 de marzo de 1878 rechazó la propuesta de paz entregada por el español Arsenio Martínez Campos.

El lugarteniente general del Ejército Libertador consideró inadmisibles las circunstancias propuestas para un alegado final de la controversia armada de diez años, cuando por tierra se echaban postulados palmarios, entre ellos la independencia absoluta del colonialismo español y la abolición de la esclavitud.

Imagen: Archivo/RHC

Acreditada como la Protesta de Baraguá (en la imagen), la respuesta se extiende hasta el presente de los cubanos, cuando reiteran defender la soberanía frente a un poderoso adversario.

Pero Maceo NO se limitó a rechazar la indecorosa propuesta del representante del país ibérico, pues años más tarde encabezó la carga al machete de Oriente a Occidente, junto al generalísimo Máximo Gómez.

Estrategas militares calificaron la ofensiva anticolonial como uno de los hechos más audaces de la época.

Junto al bregar en los montes, el lugarteniente general perfilaba su arsenal político, porque llegó a decir: “De España jamás esperé nada (…). La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide; mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos. Tampoco espero nada de los americanos; todo debemos fiarlo a nuestros esfuerzos”.

Sabia lección para las generaciones presentes cuando en medio de privaciones materiales y ante un cerco externo, resulta imprescindible apelar a fuerzas propias para trabajar por el bienestar.



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