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La luz que no se apaga y el arte de sostener la vida

por Yudit Almeida
Madres en Holguín agradecen estaciones de energía para sus hijos

El ventilador suena con un ritmo constante, monótono, como el latido de una máquina que ha aprendido a ser corazón.

En la habitación de Gretchen Lorena, en el reparto Pedro Díaz Coello de Holguín, ese ruido blanco es la banda sonora de la existencia. Aimé Borges Romero lo escucha con la atención de quien ha convertido el oído en un órgano de alerta: cualquier cambio en la frecuencia, cualquier titubeo, y el mundo se detiene.

Pero hoy, Aimé puede permitirse, por primera vez en meses, escuchar ese sonido sin que el pecho se le oprima. Afuera, el sol del mediodía golpea con fuerza el pequeño panel solar instalado en el patio. Esa luz que calienta las baldosas es la misma que, transformada en energía silenciosa, mantiene viva a su hija.

Hace apenas unas semanas, la vida de esta madre era un permanente estado de sitio. Gretchen, a quien una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central le robó la autonomía pero no la batalla, depende de aparatos: un ventilador mecánico y una aspiradora. Artefactos que, durante los prolongados apagones que azotan la ciudad, se convertían en símbolos de fragilidad. Cuando la luz se iba, Aimé encendía una planta eléctrica que devoraba gasolina como un animal hambriento. Pero la gasolina escasea, las colas se alargan y la angustia crece. En esos días de oscuridad, la pregunta que la asaltaba era siempre la misma: ¿hasta cuándo podré sostenerla?

«Aquí no hay tregua», dice mientras ajusta la sábana del colchón. «Antes, cada apagón era una carrera contra el tiempo. Si no conseguía combustible, el único lugar seguro era el hospital. Y sacarla de aquí, de su cama, de su espacio, siempre ha sido un trauma.»

Aimé camina hacia el patio y posa una mano sobre el panel solar que recientemente instaló la Empresa Eléctrica de Holguín. El vidrio está caliente. Piensa en esa orden ejecutiva firmada lejos de aquí, en otro idioma, en otra realidad, que aprieta el cerco sobre el combustible. Piensa en los barcos que no llegan, en las sanciones que estrangulan. Pero también piensa en su hija, ahí dentro, respirando con la ayuda de una máquina que hoy no teme que se detenga.

«No sé de política», dice. «Solo sé que mi hija sigue aquí porque alguien pensó que valía la pena que así fuera.» Y en esa frase, dicha sin aspavientos, sin discursos, está resumida la única certeza que importa: que en medio de la tormenta, en esta Isla asediada, se apuesta todo por una niña que respira, por una madre, que a pesar del bloqueo criminal sigue sosteniendo las mano de su hija.

(Yudit Almeida, corresponsal de Radio Habana Cuba en Holguín)

 

 

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