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La perversidad del destino manifiesto

por Guillermo Alvarado
destino manifiesto

Estados Unidos justifica sus irrefrenables ansias de expansión territorial en dos doctrinas creadas en el Siglo XIX, una de ellas basada en políticas hegemónicas simples y llanas, y la otra supuestamente de origen divino, que habría sido insuflada por el mismísimo dios.

De ambas hemos sido víctimas todos los pueblos de América Latina y el Caribe, sobre todo de la que lleva el apellido del presidente James Monroe, concebida en 1823 por su Secretario de Estado, John Quincy Adams y que dice escuetamente América para los americanos…del norte.

No menos agresiva es la otra, la del destino manifiesto, también generada en el Siglo XIX y según la cual Estados Unidos tiene el derecho divino, y también el deber, de expandirse, primero de costa a costa en el norte del continente, y luego a dónde se les antoje a sus gobernantes.

Esa fue la burda justificación para arrebatarle a México la mitad de su territorio y también para robar las tierras de las poblaciones originarias, como si de una nueva cruzada de un extraño cristianismo se tratara.

Recordarán a ustedes que prometí hablar de otras aristas sobre la ambición de Trump por Groenlandia, pues este es un claro ejemplo de ello.

El primero en sacar a relucir esta tesis fue Elon Musk, director general de Tesla, cuando estaba en buena relación con el polémico Donald Trump, lo cual se explica por la necesidad que ese consorcio tiene de las tierras raras, además del litio, cobre, níquel y grafito.

Una vez fuera este magnate del círculo de poder, el principal operador de la doctrina del destino manifiesto es Marco Rubio, nacido estadounidense de una familia que huyó de Cuba, no por la Revolución como quiso hacer creer un tiempo, sino por las miserias impuestas por el tirano Fulgencio Batista.

Para Rubio es importante allanar el camino de Washington hacia Groenlandia, pues tiene en la mira la ambición de ser candidato a la vicepresidencia en las próximas elecciones, detrás de James David Vance, y qué mejor trofeo podría exhibir que entregarle a su jefe la posesión de la preciada isla del Ártico.

Dicho de otra manera, este sujeto tiene su propia visión del destino manifiesto, para satisfacer sus intereses políticos.

Lo que pasa es que el precio de la jugada puede ser demasiado caro, toda vez que por fin la Unión Europea parece estar despertando del sueño eterno y recordó que tiene fronteras que defender y eso que se llama dignidad, que no tiene precio, pero sí un valor inconmensurable.

Al margen del terreno, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, no pierde de vista ningún movimiento, algo de lo que hablaremos pronto, amigos.

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