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Perucho Figueredo: quien convirtió el sacrificio en himno

Perucho Figueredo

Cuando aquel 18 de febrero de 1818, en una acaudalada casa bayamesa, Ángel Figueredo y Eulalia Cisneros sostuvieron por primera vez al pequeño Pedro Felipe entre sus brazos, probablemente imaginaron para él un futuro de letras y leyes, de prestigio y comodidades.

No podían saber que aquel niño, a quien todos llamarían Perucho, llevaba en el pecho una semilla distinta: la que convertiría su pluma de abogado en bayoneta, y su piano de tertulia en campo de batalla

Hoy, a 208 años de aquel, Bayamo entera se detiene para rendir homenaje al prócer, hijo, al hombre que no solo dio letra y música al Himno Nacional, sino que entregó su propia vida para que aquellas palabras no fueran verso muerto, sino profecía cumplida.

Perucho fue mucho más que el autor de una melodía. Fue, ante todo, un hombre de acción que entendió la cultura como trinchera. Así lo definía el doctor Eduardo Torres Cuevas.

La historia guardaba para él una noche inolvidable. La del 13 de agosto de 1867, cuando en su propia casa, reunido el Comité Revolucionario de Bayamo, alguien lanzó el desafío: «Perucho, tú que sabes de música, compón para nosotros nuestra Marsellesa».

Cuentan que aquella madrugada, mientras Bayamo dormía, las teclas de su piano lloraron y rugieron a la vez. Al amanecer del 14 de agosto, la melodía de La Bayamesa, el futuro Himno Nacional de Cuba, estaba lista.

Pero faltaba la letra. Y esa llegaría de la manera más épica posible: el 20 de octubre de 1868, cuando las tropas mambisas tomaron Bayamo y la convirtieron en la primera capital libre de Cuba. El pueblo, eufórico, rodeó a Perucho, que iba montado en su caballo Pajarito. «¡La letra, Perucho, la letra!», coreaban cientos de voces.

Y allí, sobre la grupa del caballo, con el papel apoyado en la tabla de la silla, escribió los versos que hoy erizan la piel de todo cubano:

«Al combate corred, bayameses, que la Patria os contempla orgullosa».

La historia quiso que Perucho no solo escribiera sobre morir por la patria, sino que lo demostrara. El 12 de agosto de 1870, convaleciente de fiebre tifoidea en la finca Santa Rosa de Cabaniguao, en Las Tunas, cayó prisionero de las tropas españolas. Conducido a Santiago de Cuba, un consejo de guerra lo condenó a muerte.

Ya frente al pelotón, cuando las fuerzas casi lo abandonaban, reunió el último aliento. No pidió clemencia. No lloró. Simplemente, recitó el verso inmortal que él mismo había escrito dos años antes:

«Morir por la Patria es vivir».

La descarga de fusilería apagó su voz aquella mañana del 17 de agosto de 1870.

Ese día Perucho Figueredo nació, como él mismo escribió, para vivir en la memoria agradecida de una patria que, 208 años después, aún lo contempla orgullosa.

En esta ciudad Monumento Nacional, abrió los ojos por primera vez un hombre que llevaría la música en la sangre y la libertad en el alma. Hablamos de Pedro Figueredo Cisneros. Perucho.

Y es que hay nombres que están destinados a convertirse en canto. Perucho, abogado de profesión, poeta y músico por vocación, pudo haber vivido en la comodidad de sus riquezas familiares. Pero el rugido de injusticia en la isla era más fuerte que cualquier privilegio. Junto a Carlos Manuel de Céspedes y Francisco Vicente Aguilera, tejió en silencio la trama de la libertad.

(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)

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