El Parque Nacional Bariay, la huella de Colón

La bahía de Bariay y su entorno natural son Monumento Nacional de Cuba. Imagen / Portal Ciudadano.

Por: Guadalupe Yaujar Díaz

La bahía de bolsa de Bariay, ubicada a 37 kilómetros de la nororiental ciudad de Holguín, fue el primer punto de la geografía cubana adonde arribaron las tres naves comandadas por el Almirante Cristóbal Colón, el 27 de octubre de 1492.

Puerto de San Salvador fue como se bautizó a la bahía donde tocó tierra Colón por primera vez, pensando que había llegado a la India, razón por la que nombraron indios a los primeros pobladores.

En el sitio se erige El Parque Bariay, Monumento Nacional, un entorno natural de playas vírgenes y vegetación exuberante, cuya belleza se imbrica con el rescate de la historia del lugar donde se produjo el choque entre las denominadas culturas del Viejo y el Nuevo Mundo.

Aunque su visita a Bariay fue breve, su abundante y distinguida flora y fauna y las montañas de los alrededores impresionaron tanto al Almirante que lo describió en su bitácora como “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.

Desde allí, los navegantes pudierron observar una aldea taína, y los aborígenes, temerosos de los recién llegados, abandonaron sus rústicas casas, internándose en el bosque. Ordenó Colón echar anclas y mandó desembarcar para llegar a tierra y tomar posesión en nombre de los Reyes Católicos.

Tras echar un vistazo dentro de las viviendas cónicas hechas de madera y ramas de palma, los exploradores volvieron a su barco y, a la mañana siguiente, zarparon rumbo a Gibara, unas millas más hacia el oeste; por eso durante años se creyó que Gibara había sido el lugar del primer desembarco en Cuba.

En el lugar existe hoy un sitio arqueológico protegido que fue descubierto y excavado en 1991 por investigadores del Departamento Centro Oriental de Arqueología. Los trabajos realizados permitieron considerar el lugar exacto donde estuvo la aldea taína visitada por Colón a su llegada.

La infraestructura del Parque Bariay acoge más de tres parques y un centenar de senderos, a recorrer a través de más de 40 kilómetros de costas acantiladas, donde puede disfrutarse de 13 playas -como las de Guardalavaca, Esmeralda y Pesquero, seis bahías, tres ríos, siete cayos, unas 170 cuevas y numerosos sitios arqueológicos.  A ello se suman, entre otras maravillas, los bosques naturales y una plataforma submarina espectacular, con varias barreras coralinas y pecios hundidos.

Además, desde el  Parque es posible admirar dos sitios íconos de la geografía holguinera: las elevaciones montañosas La Silla de Gibara, montaña nombrada así por el almirante Cristóbal Colón, debido a su semejanza con una silla de montar a caballo, y la Mezquita de Colón, sitio que recrea una hermosa leyenda andaluza.

Al enclave Bariay se accede por el fortín español, pequeña construcción aparecida durante la Guerra de Independencia de Cuba (1895-1898), enteramente construida de madera dura y montada sobre pilotes, con piso de tablones, techo de madera forrado de hojas de palma, que cuenta también con aspilleras. En su interior, se conservan objetos de los que utilizaban en aquella época los españoles en Cuba.

El lugar donde fondeó la pequeña flota de Colón, formada por la Niña, la Pinta y la Santa María, está marcado por una boya, la cual presenta una banderola en su parte superior con el escudo de armas del Almirante.

Aquí se localiza el Memorial Encuentro entre dos Culturas, una representación escultórica de lo que se asume como el primer contacto entre los habitantes originarios y aquellos europeos, hace ya 528 años.

El monumento, obra de la artista plástica holguinera Caridad Ramos presenta las ruinas de una construcción neoclásica europea junto a la réplica de objetos hechos por los nativos y encontrados en las excavaciones cercanas.

El Almirante genovés, ciertamente, quedó perplejo ante tanta perfección natural, aunque las armas de los conquistadores y las ansias desmesuradas de enriquecimiento no les permitió divisar lo más bello de aquella tierra entonces descubierta: la nobleza del alma de los nativos.

Editado por Maite González Martínez



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