Hermosa mansión del Vedado guarda una linda historia de amor

Mansión de Catalina y Pedro

por María Calvo

Una de las casas más lindas de Cuba, abriga el primer divorcio y una pasión escandalosa que los prejuicios no pudieron aplacar.


El amor comenzó en uno de los grandes salones de la aristocracia cubana. En un deslumbrante festín, la mirada de Catalina Laza encontró los ojos del caballero Juan Pedro Baró, viudo y uno de los principales hacendados de la Isla.

Catalina Laza

Juan Pedro prefirió no reparar en que Catalina era casada, se quedó mirando toda la noche a aquella criatura descrita por la prensa de su época como una ganadora de concursos de belleza en 1902 y 1904, admirada por sus ojos redondos y azules y por su cuerpo de contornos demasiado hermosos. Los dos sostuvieron un diálogo corto y protocolar, pero desbordado de ternura.

Algo había deshecho el aparente equilibrio del sólido matrimonio de Catalina y sin que nadie lo supiera los buenos amantes, Catalina y Juan Pedro se veían en secreto.

Sin esperar mucho, desesperados por la pasión que sentían, quisieron hacer público su amor. Catalina se atrevió a pedir a su esposo Luis Estévez Abreu, hijo del primer Vicepresidente de la República, la disolución del matrimonio pero no fue escuchada. Catalina se fue a vivir con Juan Pedro.

Catalina y Pedro

No se habían podido casar, tuvieron que abandonar la Isla con destino a Francia ambos llenos de sueños y perseguidos porque Catalina era acusada del delito de bigamia. Odiados o admirados en silencio por la alta aristocracia habanera tuvieron que soportar los desprecios sociales.

En Cuba se habían quedado sus hijos y su esposo, el que no le concedió la libertad para que se uniera al hombre que amaba, mandó a levantar un expediente judicial. Con la ley de por medio, se propagaba una de las historias más escandalosas y tiernas, de la cual no perdió un solo detalle la alta sociedad habanera.

Aunque Catalina y Juan Pedro extrañaban la luz y los colores de La Habana, vivieron varios años en la Ciudad Luz, el familiar ambiente de París les aliviaba del viaje que habría resultado un destierro.

A pesar de que Catalina no era todavía libre de su anterior matrimonio, los amantes se casaron por las leyes francesas. Necesitados de comprensión y apoyo, viajaron a Italia, la fuerza del amor les hizo traspasar los umbrales del Vaticano y allí contaron de sus tristezas al Santo Pontífice.

La máxima autoridad católica los bendijo, y dispuso la disolución del matrimonio de Catalina con Luis Estévez Abreu. Posiblemente, ninguna otra pareja del mundo haya recibido ese gesto tan conmovedor y solidario.

En 1917, el Presidente de la República de Cuba Raúl Menocal firmaba la Ley del Divorcio. Ese mismo año es registrada oficialmente la separación de Catalina de su primer esposo y los amantes pudieron regresar a La Habana.

Casa de Catalina

Dos años después, en 1919, al costado de una estrecha calle del Vedado empezó a levantarse un singular palacete inspirado, en sus formas exteriores en el estilo del Renacimiento italiano.

Los cimientos eran enormes, y los transeúntes se preguntaban para quién era tanto derroche. La respuesta era un misterio que solo Juan Pedro conocía. La construcción, que marcaba un punto de giro en la arquitectura cubana moderna, constituía un nuevo y duradero desafío para la aristocracia. Quince días antes de inaugurarse la mansión en 1926 se develó que la dueña era Catalina.

En las invitaciones destinadas a la misma aristocracia que años atrás se había ofendido con el amor de Catalina y Juan Pedro, se anunciaron los regalos que todos recibirían: pinturas de famosos artistas del momento. El día de la inauguración toda la entrada estaba cubierta de tulipanes importados.

Juan Pedro le hizo a Catalina un fino regalo que llega hasta nuestros días, sembró en los jardines de la casa una rosa única, nacida de un injerto hecho por floricultores habaneros del jardín El Fénix, y bautizada con el nombre de la enamorada. Similar a esa rosa de pétalos anchos y bordes puntiagudos, amarilla  como la soñó Catalina, pudo lograrse una mucho tiempo después.

La felicidad solo duró cuatro años, la salud de Catalina se fue desvaneciendo entre las lujosas paredes del palacete.

Mausoleo de Catalina

Él se la llevó a Francia donde murió el 3 de diciembre de 1930, entre sus brazos. El cuerpo de Catalina, embalsamado, llegó a Cuba en el vapor francés Meñique. Primero el esposo la enterró en una bóveda provisional mientras terminaban el panteón familiar, ubicado en el mismo centro de la Necrópolis.

La voluntad de Juan Pedro era costosa,  la parcela sobre la cual se levantaría el panteón, ascendía a casi 2 000 pesos en oro. El costo de la construcción de la eterna morada de Catalina, fue del medio millón de pesos.

Al interior del panteón, de mármoles blanquísimos, entra todas las mañanas la luz a través de cristales franceses que conforman un encaje de rosas. En la entrada, dos ángeles a relieve sobre puertas de granito negro suplican paz para el alma de los enamorados.

Juan Pedro murió a diez años de haber enviudad, en 1940 fue clausurado el panteón de una manera inusual: sobre Catalina y Juan Pedro, se fundieron losas de hormigón in situ para que nadie pudiera profanar las tumbas.

Se cuenta que él se hizo enterrar a los pies para cuidar eternamente el sueño de su amada. La tumba nunca más se abrió.

La casa que Pedro le regaló a Catalina, es hoy  la Casa de la Amistad, ubicada en la avenida Paseo en el Vedado La Habana. (Recopilación de Internet)

Casa de la Amistad

Casa de la Amistad

Editado por Maria Calvo



Comentarios


Deja un comentario
Todos los campos son requeridos
No será publicado
captcha challenge
up