El puente del río Yayabo, impresionante obra en la ciudad de Sancti Spíritus

Edificado por una necesidad creciente de comunicación entre núcleos económicos de la comarca espirituana separados por el río Yayabo, el viaducto es el único en Cuba con cinco arcos.

Dicen sobre el puente Yayabo que “la muda contemplación de esta majestuosa obra, símbolo de la ciudad de Sancti Spíritus, parece revelarnos hermosas damas caminando por el pavimento y el eco de quitrines y coches marcando el paso, mientras abajo el río Yayabo se desliza suave e imperturbable”, y tienen toda la razón.

Esas agraciadas señoras —y jovencitas— transitaron el hermoso viaducto, ora a pie, ora en coches, volantas, calesas y quitrines, en una y otra dirección, alumbradas por el sol caribeño, si era de día, y si de noche, por las farolas que coronan las columnatas que cierran las barandas a cada extremo de la artística construcción.

Pero ello solo pudo ocurrir a partir de mediados de 1831, cuando fue concluido el sólido puente que ha resistido incólume casi dos centurias y ha recibido no pocos remozamientos.
Un poco de historia

Es sabido que Trinidad es coetánea con Sancti Spíritus y al menos medio año más antigua. Las dos villas, unidas durante centurias solo por precarios caminos, tuvieron su florecimiento económico y el consiguiente aumento en el número de habitantes a lo largo de los siglos XVIII y primera mitad del XIX, y que toda la región al sur-suroeste quedaba aislada de la villa del Santo Espíritu por multitud de arroyos y cañadas, además del propio río Yayabo, que cruzaba el perímetro al sur de la localidad en dirección de oeste a este.

Del “lado de allá” surgirían, además de Trinidad, las localidades espirituanas de Tunas de Zaza, Tayabacoa y Guasimal, entre otras, por lo que no es extraño que ya en 1771 se concibiera el primer proyecto para la construcción del puente, pero fue una iniciativa de los vecinos de la villa que recogieron 600 pesos, cifra que no alcanzaba para terminar siquiera uno de los cimientos de la obra.

En lo adelante, el propósito de construir el puente aparecía cada cierto tiempo, pero solo por iniciativa de particulares y alguna proveniente de instancias oficiales, como en 1774, en que el Conde de Ripalda, con cargo equivalente al de Gobernador territorial, dio cuenta de gestiones con autoridades en Matanzas para la ejecución del referido viaducto, que no se concretaron.

Sin embargo, el tiempo pasaba y la ciudad crecía, así como su actividad económica, por lo que para 1815 la necesidad de edificar el pasadero se hacía imperativa, de ahí que ese propio año y según el estudio cronológico “Puente sobre el Yayabo”, de Mariví Cabrera y Anait Gómez —revista Siga la MarchaNo. 12-13/1999—, el Síndico Procurador General propuso al Cabildo abrir suscripciones voluntarias para recaudar fondos destinados, entre otros menesteres, a la ejecución del puente.

Según consta en Actas Capitulares, la primera piedra del Puente sobre el Yayabo se puso en los primeros meses de 1817, aprovechando la temporada seca en una época de abundantes y frecuentes precipitaciones, con temporales de lluvia que se extendían por semanas enteras.

Partiendo de que se trataba de una obra necesaria, por cuanto los puentes se hacen para trasponer un río, un barranco, una cañada, etc., y las orillas abruptas del Yayabo habían incomunicado parte de la comarca durante demasiado tiempo, ante los constructores surgieron entonces varias interrogantes: ¿cómo hacer el viaducto?, ¿con cuales técnicas?, ¿mediante qué materiales?, ¿en cuál estilo?

Tal cual es sabido se decidieron por el románico, un estilo que databa de los años iniciales del segundo milenio, en plena Edad Media temprana, lo que para la segunda década del siglo XIX estaba plenamente superado por el gótico, el neoclásico, el barroco y otros. La respuesta es: se escogió porque se podía erigir con materiales salidos del mismo entorno espirituano; es decir, ladrillos de barro, cal y arena, amén del agua que aportaría el propio río.

Debe tenerse en cuenta, además, que cuando se hace este puente, ya existían no pocos viaductos en el mundo, edificados con el uso de ciertos tipos de cemento —el Portland se patentó en 1824—, y elementos metálicos, y que, por tanto, el románico como estilo constructivo era ya notoriamente obsoleto. Cierto que, tanto el cemento como el hierro estructural eran en aquel tiempo escasos y caros, como lo demuestran documentos de la época.

Por entonces en la villa del Santo Espíritu, como se conoce, no había grúas, ni cabrestantes, ni martillos neumáticos para romper la dura roca donde asentar los cimientos, ni ningún otro elemento técnico complejo para emprender una obra que, por demás, se sufragó casi exclusivamente “de la caridad pública”, pues de los algo más de 30 000 pesos que costó, al menos 25 000 los aportaron los vecinos mediante colectas, donativos y suscripciones.

Vista en retrospectiva, ardua fue la tarea de los maestros albañiles Blas Cabrera y Domingo Valverde, ambos de origen andaluz, quienes oficiaron como maestros de obra al frente de cuadrillas de presos y algunos esclavos, auxiliados por veteranos alarifes para las faenas más complejas que requirió la edificación del puente.

Puestos a plomo, los grandes ladrillos sobre una mezcla de tercio de cal —carbonato de calcio fermentado, mezclado con arena y agua— fueron aportando hilada tras hilada hasta alcanzar la altura necesaria de la sólida construcción, basada en arcos sucesivos, donde la presión ejercida por la parte superior de la estructura, acciona hacia abajo y hacia los arcos aledaños hasta descargar el resto de la fuerza en los aproches de las dos riberas opuestas.

La tradición popular habla de la utilización de leche de vaca, de chiva o de burra para agregar poder aglutinante a la mezcla, lo que, lógicamente, no ha podido ser probado, pero que un análisis químico con los recursos de hoy pudiera poner en claro, matando de paso la leyenda, algo que nadie por acá desea.

Lo cierto es que, tras mil y una vicisitudes de todo tipo, principalmente por falta de dinero, 14 años después de iniciada la obra, paradas transitorias y reinicios, el puente se concluyó esencialmente en el primer semestre de 1831 —los historiadores no aventuran una fecha exacta—, para satisfacción de los espirituanos, y aquella artística mole, compuesta por alrededor de un cuarto de millón de ladrillos fue realidad a un costo que al presente frisaría 1 200 000 pesos.

Una vez terminada la importante obra no hubo acto inaugural alguno, o al menos no consta en ningún documento conocido. Pero está perfectamente probado que desde 1824-1825, cuando se completó la unión de las dos orillas y se rellenó su parte superior “con tierra suelta”, ya lo cruzaban bestias y carruajes, lo cual contribuyó al deterioro de la calzada y a que surgieran filtraciones a causa de la lluvia, sobre lo cual el Ayuntamiento espirituano hubo de tomar providencias para adoquinarla y darle el acabado final al puente.

También consta en Actas Capitulares que en sus primeros años de uso hubo que reparar y darle mantenimiento con frecuencia al viaducto y que, con el tiempo, en esas labores se utilizó cemento y otros materiales “modernos”, pintándosele de verde con detalles en blanco.

Luego conocería el románico cruzadero la presencia del transporte automotor, incluidos, ómnibus y camiones, que pusieron a prueba su solidez durante más de medio siglo, hasta que, ya en la década de 1980 se desvió todo el tráfico de vehículos pesados hacia el puente del Balneario, lo que ha contribuido a su preservación.

Ubicado en el Centro Histórico de la ciudad de Sancti Spíritus, el Puente sobre el río Yayabo es uno de los símbolos de la villa y su valor patrimonial fue reconocido oficialmente el 28 de febrero de 1935, cuando se le declaró Monumento Público, y el 21 de febrero de 1995 en que adquirió la categoría de Monumento Nacional de Cuba.

Ya no ruedan sobre él calesas, volantas ni quitrines, sino autos, bicicletas y motos, mientras otros lo cruzan y recruzan a pie, quizá sin la conciencia de que transitan sobre el “lomo de asno” de la historia, abierta a sueños de amor y de leyenda.(Tomado de Cubadebate)

Editado por Maria Calvo



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