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Crítica de cine: Florence Foster Jenkins

por  Diana Castaños

Stephen Frears, el director de Philomena (2013), presentó este año una comedia en clave musical con Meryl Streep como protagonista.


Seamos absolutamente francos. El hecho de que la Streep esté implicada en el proyecto implica un gran efecto en el casting. A nadie le parecerá sorpresa que la película le valió a esta actriz más de una decena de nominaciones en distintos festivales y premios internacionales, entre los que se encuentra Los Globos de Oro. El actor Hugh Grant, con quien comparte escena, también resultó varias veces nominado como mejor actor secundario.


En esta ocasión Meryl Streep domina la pantalla –tal y como lo ha hecho por cuarenta años- interpretando a Florence Foster Jenkins, una mujer muy rica con aspiraciones de soprano… que no sabe cantar.


La película está basada en hechos reales: A finales de siglo pasado, la verdadera Florence Foster Jenkins consiguió cantar en el mismísimo Carnegie Hall de Nueva York. Su dinero pagó la entrada a este teatro y compró el aplauso de muchos de sus espectadores. Un sitio que estaba acostumbrado a dar cabida a grandes talentos se estremeció con los gritos arrítmicos de alguien que adoraba la música, pero que no tenía talento para cantar.


En la última escena de la película, Stephen Frears pone en boca de su protagonista algo que al parecer dijo la verdadera Jenkins: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”.


Sin dudas esta mujer adoraba la música: fundó el Club Verdi e hizo mucho por la vida musical de la ciudad en la época. Al parecer ella se creía que cantaba como los ángeles. Y nadie a su alrededor, teniendo en cuenta lo generosa que era con su dinero, se atrevía a quitarle la idea. La gente que iba a sus auditorios aplaudía y sonreía, pero nunca le decía la verdad. Así llegó alguien que no sabía cantar a grabar discos en el Nueva York del siglo pasado.


Volviendo a la cinta… Florence Foster Jenkins (2016) es una comedia que roza lo dramático. Hugh Grant tiene una actuación tan pero tan buena -desvivido y acongojado, siempre tratando de que Florence no sufra- que, a ratos, eclipsa a Meryl Streep. El otro secundario, Simon Helberg (Wolowitz de The Big Bang Theory), sorprende por su entereza y cabalidad actoral. Su contenida gestualidad, sosiego y ternura cautivan inmediatamente. Agradable sorpresa que hace olvidar su personaje en The Big Bang Theory.


Lo único que realmente choca en la película es el recuerdo, demasiado vívido, de la recientemente estrenada Madame Marguerite, producción francesa también inspirada en la vida de Florence Foster Jenkins.


Está claro que el personaje que fue Florence Foster Jenkins llama la atención. Alguien que, pese a no saber cantar, lo hizo frente a miles de personas en un teatro famoso; logró vender discos, se creyó una diva… bueno, deja señales de la fuerza del dinero y las influencias. Y esta es una de las claves de la película.


Incluso en nuestros días el archivo que más se solicita en el Carnegie Hall es el de la grabación de esta mujer, que nunca dio una nota afinada. Esto es entendible: la gente quiere comprender cuán grande es la paradoja de que una de las peores voces de cualquier época haya cantado en un teatro de importancia en Nueva York, ante miles de espectadores. En otras palabras, la gente quiere corroborar lo que se puede comprar con dinero.





(CubaSí)

Editado por Maria Calvo
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