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Después del ataque a Venezuela, el mundo es menos seguro

por Roberto Morejón

Luego de la espectacularidad endosada por el presidente estadounidense, Donald Trump, al ataque de sus fuerzas contra un país soberano como Venezuela, se han alzado numerosas voces para recalcar la ilegalidad de ese acto de guerra.

Si bien la reacción de organismos de la ONU ante la agresión resultó tibia en sus inicios, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Volker Turk, opinó que socava los principios del Derecho Internacional sobre evitar el uso de la fuerza para resolver disputas.

En efecto, un principio esencial del Derecho Internacional pondera que los Estados no deben usar la fuerza para dirimir controversias y reclamaciones.

Tampoco pueden escamotear la prerrogativa de los pueblos de decidir su presente y futuro, sin intromisiones externas.

El único soporte jurídico para la utilización de la fuerza es el derecho a la legítima defensa, previsto en la Carta de las Naciones Unidas, pero en este caso Estados Unidos no ha sido agredido, todo lo contrario de Venezuela.

Con su zarpazo, Washington asesta un duro golpe al orden multilateral, deteriorado en los últimos años, pone en zozobra la paz global y provoca que el mundo sea más incierto.

Para colmo, el presidente Trump ordenó el secuestro del jefe de Estado de una nación, un paso que sienta un precedente peligroso.

Y además, con su narrativa el magnate republicano trata de hacernos creer que su tesis expansionista es lícita.

Por el contrario, la Humanidad se debate entre la perplejidad y la denuncia, pues la potencia mundial ha sentado un precedente peligroso en las relaciones internacionales.

El republicano y su equipo han conducido al país del Norte a comportarse de la misma forma brutal como lo hace Israel en Gaza, por cierto, sin sanciones legales, como lo merece.

A afianzar el designio injerencista de Estados Unidos también contribuyen quienes eluden condenar la embestida contra una nación soberana porque aducen tener criterios sobre el gobierno bolivariano.

Al pronunciarse de esa forma avalan el irrespeto del derecho internacional y de la integridad territorial, principios básicos de la convivencia civilizada y pacífica.

Asimismo, validan las conductas del Norte industrializado para imponerse sobre el Sur global, torcer sus rumbos y expoliar sus recursos naturales.

Aplaudir el acto guerrerista estadounidense certifica el comportamiento de los poderosos, empeñados en enviar señales de que pueden hacer lo que quieran.

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