Amanecía sobre la serranía oriental cuando un grupo de vecinos del intrincado paraje de San Lorenzo se disponía a iniciar la jornada del 27 de febrero de 1874.
Nadie imaginaba que, en ese rincón perdido de la geografía cubana, se escribiría la página más trágica y, paradójicamente, más luminosa de la Guerra de los Diez Años.
Allí, en un humilde bohío, Carlos Manuel de Céspedes y del Castillo caía en combate contra tropas españolas. Su impronta se recordó en la ciudad cubana de Bayamo, la cuna que lo vio nacer y resalta su grandeza. Como lo destaca Luis Antonio Guerra Vega Vicedecano de la Facultad del Partido Desembarco del Granma.
Céspedes no solo fue el hombre del Grito de Yara; fue un visionario de las relaciones internacionales que supo leer las oscuras intenciones de Estados Unidos hacia la Isla, llegando a retirar a los representantes cubanos de Washington en 1872 como un acto de dignidad anticipada: «no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad”, escribió entonces.
San Lorenzo fue su redención. Lejos del poder, el «Viejo Presidente», como lo llamaban los campesinos, recuperó la humanidad sencilla.
En aquellos 35 días finales, Céspedes enseñó a leer a los niños del lugar, escribió las últimas páginas de su diario y departió con la gente humilde. No estaba derrotado; su correspondencia de esa época revela a un hombre que aún reflexionaba sobre el futuro de la revolución.
Sin embargo, la tragedia acechaba tras las lomas. La mañana del 27 de febrero, unos 150 hombres del temido batallón español Cazadores de San Quintín, que habían desembarcado por la costa sur, rodearon sigilosamente el caserío.
Un capitán, un sargento y cinco soldados lo persiguieron. Cuentan los partes militares que Céspedes se volvió y disparó en dos ocasiones. No se rendía. El sargento Felipe González Ferrer le dio alcance.
A quemarropa, cuando Céspedes le encaró el revólver por última vez, el español disparó su fusil. La bala le perforó el corazón. La camisa, chamuscada en el pecho, fue la prueba de que la muerte llegó en plena acción, de frente al enemigo, con el arma en la mano.
La muerte de Céspedes fue, en palabras de los investigadores Hortensia Pichardo y José Antonio Portuondo, la de un hombre que prefirió el plomo a la claudicación.
José Martí, el Apóstol, lo definiría años después como «el alma, el pensador, el creador”, aquel que en el momento más difícil alzó la bandera e infundió en los cubanos un «aliento indómito».
Más de un siglo después, otro hombre de la Sierra Maestra, Fidel Castro, lo reconocería como el primer revolucionario de Cuba, señalando que su decisión de liberar a sus esclavos fue «un acto revolucionario sin precedentes en esta parte del mundo”.
A 152 años de aquella jornada, Cuba lo recuerda. En San Lorenzo, en el mismo sitio donde cayó su cuerpo, la tierra sigue siendo la misma: roja, montañosa, indómita.
Y la lección perdura: la dignidad no se mide por el número de batallones que se comandan, sino por la firmeza con que se defienden las convicciones hasta el último aliento.
Céspedes cayó solo, pero su muerte lo consagró para siempre como el Padre de la Patria. En sus últimas balas, llevaba la semilla de toda la independencia que estaba por venir.
(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)
