La agresión reciente contra la República Islámica de Irán provocada por la administración Trump y el gobierno sionista israelí, bajo su esquema de guerra híbrida, puso a prueba, una vez más, la capacidad de resistencia de Teherán, en un contexto de complejidad y tensión máximas, que mantiene aun un perfil elevado de una conflagración de envergadura, con impacto directo en el Golfo Pérsico y más allá en ese propio entorno.
Las autoridades iraníes han dado a conocer los estragos causados por las acciones violentas ejecutadas por los agentes al servicio del Mossad y otros elementos enemigos del país persa, cuyo impacto terrorista a gran escala se hizo evidente, alcanzando su climax por casi dos semanas, a partir del día 8 de enero de 2026, atendiendo a los reportes noticiosos de procedencias disímiles.
A ello se añaden las cifras oficiales dadas a conocer por las autoridades iraníes sobre las bajas y daños sufridos, en la intentona de cambio de régimen, que trascendieron a las redes sociales, a saber: 3 117 muertes; de ellas, civiles y fuerzas de seguridad, 2 427, y 690 terroristas vinculados. A lo apuntado, se suman 414 edificios gubernamentales, 749 estaciones de policía, 305 ambulancias y ómnibus, 750 bancos, 200 escuelas, 350 mezquitas, 300 casas privadas, por citar lo más relevante.
Los hechos violentos perpetrados por los operativos terroristas asemejaron a las técnicas y tácticas empleadas por Al Qaeda y el Estado Islámico, que en este caso estuvieron dirigidas contra las autoridades y población civil, así como contra instalaciones públicas y viviendas, de modo calculado, en plano de devastación.
Merece subrayar que el Líder Supremo, ayatola Alí Khamenei, y el presidente de la República Islámica, Masoud Pezeshkian, habían reconocido el derecho de la población a manifestarse pacíficamente, en momentos en que la burbuja inflacionaria está teniendo un impacto severo sobre precios e ingresos, extendiéndose a la posibilidad de adquisición de divisas por parte del sector comercial del país (bazar), que unido a la arquitectura de las medidas unilaterales de los EEUU y la Unión Europea sobre el programa nuclear civil y la industria de misiles local, cierran el cuadro de dificultades existentes.
Por su parte, expertos internacionales[1] han observado la capacidad de Irán para resistir todos estos embates, emanados de los desencuentros que han caracterizado los vínculos entre Washington y Teherán, sobre todo en este cuarto de siglo XXI, en que conflicto, diálogo y negociación han ido de la mano, con resultados tangibles en función de un apaciguamiento de la guerra, pero que ha tenido en la intromisión del estado sionista y de su primer ministro Netanyahu a un enemigo invariable.
De lo antes referido, se desprende que atendiendo a los lazos estrechos que prevalecen entre Netanyahu y Trump, la opción de guerra de envergadura no está totalmente despejada, como tuvo su origen unilateral y bajo manto engañoso de un falso diálogo y negociación potencial entre los EEUU e Irán, en que el aliado estratégico del hegemón estadounidense: Israel, desatara la agresión en junio de 2025.
De esos análisis sobresale la formulación, de un modo u otro, que establece que la confrontación permanente entre los EEUU e Irán vigente responde a las exigencias del proyecto sionista de dominio regional, que no se corresponde con necesidades o requerimientos de seguridad estadounidense; realidad adversa esta que pudiera derivar en varios escenarios bélicos contraproducentes para la región y el mundo en muchas aristas, desde las humanas hasta las económicas y comerciales, con la industria petrolera en el centro.
No obstante, en medio de los preparativos militares que los EEUU prosigue, varios países de la región, como Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos han expresado negativa a permitir el uso del espacio aéreo respectivo para las aeronaves estadounidenses, siendo en el caso de Riad mucho más relevante por ser un país árabe que no se ha sumado a la aprobación de los Acuerdos de Abraham con Israel.
Por su parte, el gobierno de Türkiye se ha sumado a la negativa a una posible agresión estadounidense e israelí contra Irán; actitud esta que no se aparta de los retos que representaría para Ankara una situación de desestabilización a gran escala en la vasta región, en la cual gravita temas claves como la cuestión kurda y el terrorismo, representado por el denominado Estado Islámico y Al Qaeda, que aun operan en Siria.
Paralelamente, no son pocos los reportes que apuntan a una mayor intensidad de intercambios militares, respaldados por acuerdos estratégicos bilaterales, entre Teherán-Moscú y Teherán-Beijing, que robustecen el sistema defensivo iraní al disponer de equipamiento militar convencional de avanzada, y subrayan el papel cada vez más influyente que ambas potencias del grupo BRICS tienen en esa región del mundo.
Todo este clima de incertidumbre que marca una antesala bélica, coincide con una dinámica interna en los EEUU muy particular, que se evidenciará a partir del 1 de febrero, con el posible cierre del gobierno; un interés legislativo en el Capitolio Hill por temas de la política exterior implementada por la administración Trump; a lo que se añade la continuada cruzada represiva llevada a cabo por el ICE, como componente esencial de la agenda migratoria agresiva en curso.
[1] Algunos de los expertos y analistas son: Scott Ritter, Sami Al-Arian, Ariel Umpierrez y Alfredo Jalife, por citar ejemplos.
(Rodobaldo Isasi Herrera, investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional)
