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El día que Cuba encendió la llama de su redención necesaria

24 de febrero

Aquel 24 de febrero de 1895 en los montes orientales, un grupo de hombres y mujeres, con la determinación tatuada en el rostro y el machete en la cintura, se congregó Baire. El sol que comenzaba a despuntar sobre el horizonte cubano no alumbraba un día cualquiera: era el amanecer de la Guerra Necesaria, la última y más sublime de las gestas concebidas por el Apóstol cubano para romper para siempre las cadenas del colonialismo español.

La orden había llegado desde Nueva York, firmada por el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí, el 29 de enero. En la región oriental, el espíritu de 1868 resucitó con una fuerza arrolladora.

En Santiago de Cuba, el gigante Guillermón Moncada, recibió el telegrama y se internó en la manigua. Su alzamiento en Alto Songo, junto a 29 hombres, fue la señal esperada. Como respuesta a su llamado, Quintín Banderas se levantó en San Luis; Alfonso Goulet lo hizo en El Cobre; y Victoriano Garzón, en El Caney.

La manigua se pobló de alzados, y el grito de «¡Independencia o Muerte!» retumbó en más de 35 localidades de lo que hoy son las provincias de Guantánamo, Granma, Holguín y Santiago de Cuba .

Eran los mambises, curtidos en la Guerra de los Diez Años, que unían sus experiencias a la savia nueva de los pinos jóvenes.

¿Qué llevaba a aquellos hombres a tomar las armas en un momento en que España había recrudecido su política represiva y la crisis económica asfixiaba a la Isla?

La respuesta la dio el tiempo y la pluma martiana. La Guerra Necesaria no era solo un acto de rebeldía, sino un procedimiento político.

La insurrección del 24 de febrero fue la chispa que encendió la pradera. Menos de dos meses después, el 11 de abril, José Martí y Máximo Gómez desembarcaban por Playitas de Cajobabo para ponerse al frente de la guerra que habían preparado durante años.

Hoy, cuando se cumplen 131 años de aquella epopeya, Cuba vuelve a ser un recordatorio vivo de su historia. No es una mirada nostálgica, sino una reafirmación de principios.

El 24 de febrero de 1895 nos recuerda que la soberanía y la justicia no son logros definitivos. Son derechos que exigen constante vigilancia y lucha.

Aquel grito, que resonó hace 131 años en la manigua oriental, sigue siendo hoy una convocatoria a la unidad, a la resistencia y a la construcción de una patria digna, porque, como advirtiera el Apóstol, «el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber» . Y el deber de Cuba, hoy como ayer, es ser libre.

(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)

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