Las cinco de la mañana en cualquier barrio de cualquier ciudad de esta isla. El café comienza a colarse con la braza del carbón, el agua empieza a hervir, y una mujer se mira al espejo antes de que el día la empiece a desgastar. No es una heroína de película. Es tu vecina. Es tu hermana. Es, quizás, usted misma.
Este 2026 encuentra a la mujer cubana en una encrucijada. No es nueva. Lleva siglos en ella. Pero hoy, la cuerda se tensa de otro modo. Las estadísticas dicen que poco más del 37 por ciento de la fuerza laboral del país son mujeres . Pero las estadísticas no cuentan lo que pesa una mochila invisible.
Porque ella sale a trabajar (en el Estado, en su negocio por cuenta propia, en el campo…) y cuando regresa, comienza la segunda jornada. La que no tiene salario, la que no aparece en los informes: la de los cuidados. Los hijos, los padres que envejecen, la cola para el pan, el invento para que rinda la comida. La matemática más difícil del mundo se aprende en las cocinas cubanas.
Pero ojo. Esto no es un lamento. Es un retrato. Porque en medio de esa tensión, de esa sobrecarga que algunos llaman «resiliencia» y otros llaman simplemente «echar pa’lante», la mujer cubana se reinventa.
Mire no más lo que está pasando en los barrios. Mujeres aprendiendo carpintería, desafiando oficios que siempre fueron «de hombres», construyendo muebles y, de paso, construyendo autonomía . Mujeres superando a los hombres en categorías técnicas y profesionales, preparadas, listas, en los cargos de dirección que les corresponden. Mujeres en zonas rurales, en el sector agropecuario, luchando por ser visibles en un mundo que aún las invisibiliza.
Y luego están las que emprenden. Las que han hecho de la necesidad negocio, y del negocio, comunidad. Proyectos como la Red Cubana de Mujeres Emprendedoras son más que talleres, trincheras . Allí aprenden de contratos, de marketing digital, de finanzas. Pero también aprenden algo más valioso: que no están solas.
Porque de eso se trata. De unir. De entender que el bloqueo aprieta, que la emigración duele, que la escasez cansa. Pero las mujeres siguen como dueñas de una voluntad que no se rinde.
El Programa Nacional para el Adelanto de las Mujeres lleva años trazando caminos. Pero los caminos los hacen los pies que los pisan. Y estos pies cubanos, de mujer, van dejando huella en la tierra, en la fábrica, en la oficina, en la casa.
Proteger a la mujer cubana no es un eslogan. Es asegurar que el país entero siga en pie. Porque cuando ella puede con todo, no es porque sea de acero. Es porque ha aprendido a ser de barro y de luz. Barro para resistir. Luz para inventar.
(Yudit Almeida, corresponsal de Radio Habana Cuba en Holguín)
