El bigotón y la gitana

Editado por Maria Calvo
2017-08-18 12:27:57

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por  Orlando Carrió

La Habana Vieja de inicios de esta centuria, con olores y mixturas muy singulares, ha tenido también sus melodramas, como el que protagonizan Adelaida Borges, Señora Habana, y Wilky Arencibia, el Caballero del Son, reyes del coqueteo y los desgarros del corazón fortuitos y extravagantes, quienes, al final, se pusieron de acuerdo para rendir un culto simbólico a la buena música y a las manifestaciones danzarias más genuinas.

Adelaida nace en 1941, y para su orgullo, tiene una familia muy bien vista por los mosqueteros de la antigua villa: su madre, una mulata cobriza apodada Biki la China, figura entre Las Mulatas de Fuego del cabaret Tropicana y sus abuelos maternos son el percusionista Chano Pozo, de indudables aportes al jazz latino, y Teresa, reina de los Dandy, una comparsa de arraigo en la población.

En un principio, rechaza el deseo de su padre canario de verla estudiando leyes y, al final, se gradúa como licenciada en Historia Universal en la Universidad de La Habana. Ya en este tiempo, es esclava del misticismo de las antiguas civilizaciones, de lo exótico y sobrenatural. Más tarde, trabaja como maestra durante 13 o 14 años en la secundaria básica José Martí de la Manzana de Gómez, sin dejar de asistir a los bailables populares de Pancho el Bravo o la Orquesta Maravillas de Florida. También se le ve en el Salón Mambí de Tropicana, donde se une a las ruedas de casino hasta caer rendida en la madrugada. Es, en propiedad, una joven tumultuaria, sin compromisos ni complejos; un capricho con la sangre hirviente por la desobediencia.

Por su parte, Wilky Arencibia tiene el temple del mulato nato, ese que taladra las calles con el ingenio y la sorpresa, el chiste y la carcajada, el desenfado y la conquista del sustento diario. Nace en 1954, y tras hacerse maestro de primaria en la Antón Makarenko, en Tarará, y ejercer la docencia en los arrabales del municipio habanero de Guanabacoa, se hace baterista de varias agrupaciones, hasta que, finalmente, echa raíces durante más de una década con un grupo musical de San Antonio de las Vegas.

«Llegué al Casco Histórico en 1994 respondiendo a un llamado para sacar la leyenda existente aquí —me indica en una entrevista que le hice en 2007—. Enseguida, me uní a una “cuadrilla de titanes” y, luchando, me hice plomero. Pero, como a los tres años, al llegar los primeros turistas, me percaté de que mi bigote, mi imagen en general, gustaba… atraía. Entonces, empecé a darme autobombo: durante el mediodía, en el receso del almuerzo, se tocaba en bares y yo me acercaba a ellos. Un poco, me hacía ver, un poco, me ponía a bailar… recordando cuando me movía con las inolvidables vitrolas. En la obra me decían El Músico. Otros: ¡Bigote!... ¡Bigote!».

Wilky logra un montaje que, en primer lugar, defiende el vestir típico del criollo por encima de las modas chapuceras y globalizadas de estos lustros. Con sus camisas de colorines, abiertas y desvergonzadas, sus estampados del Che, su boina guerrillera, sus collares y su enorme puro, trata de reflejar al cubano de los sesenta hasta acá. No obstante, más allá de la indumentaria, está su bigote-barba o «bigote a la chorrera!» —como él mismo lo bautiza— hijastro de los usados por los generales independentistas y símbolo, para él, de la verdadera esencia del macho. Este aditamento facial es su granate; su principal apuesta.

Adelaida y Wilky coincidieron en el Hotel Florida; él repara lavamanos, inodoros y viejas cañerías con más entusiasmo que verdadero talento y ella, retirada de la docencia, es una azulejeadora con manos febriles, una belleza inmarchitable y tanto sueños como días se acurrucan en sus grandes y enigmáticos ojos. Casi al instante surge un romance y ambos deciden apostar por el baile. Así, empiezan a participar en los espectáculos nocturnos del referido hotelito, antes de pasar, como expertos en restauración, al Café-Taberna Benny Moré, donde se desempeñan como la principal pareja de baile durante el día. Un lauro, en verdad, no desdeñable: en el sitio les hacen una gran foto y los incluyen en el libro Para no olvidar de la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Por fortuna, el carisma de estos traficantes de simpatías no permanece enclaustrado en los muros de los viejos recintos coloniales. Sobre sus primeras mudanzas relata Wilky:
«Cuando teníamos algún tiempo libre llegábamos a los lugares y bailábamos. Entonces, los viajeros, al vernos, se nos acercaban y nos preguntaban: ¿Ustedes enseñan? ¡Ay!, nos gustaría aprender. Ellos nos enrolaron en esto, fue algo no previsto, de la noche a la mañana nos convertimos en maestros. Un paso significativo fue la fundación de Danzamor, la escuela y compañía de Adelaida, la cual trabaja el son, el danzón, el chachachá, el mambo y los bailes folclóricos en general. Las agencias de turismo le envían alumnos deseosos de empezar a moverse con estos ritmos».

La pareja hace del Casco Histórico su trofeo, emperejilada con fantasía e irresistibles ellos mismos gracias a sus sonrisas, ademanes efectistas y ganas de pulir el asfalto, hasta que, un mal día, el amor se transformó en respeto y el gozo se hizo polvo en manos de un compañerismo sin ilusiones. Entonces, ellos, a pesar de la fatiga, siguieron con la salmuera en solitario, aunque ya nada es igual.

Él organiza una peña en el hotel O’Farrill de Cuba y Chacón, y continúa vendiendo sus dádivas y bailes callejeros en las esquinas. En sus clases ―que pueden durar hasta media hora de espasmos y pisotones―, algunos forasteros aprenden y otros se marean o sufren hinchazones de las piernas. Desde luego, no se arrepienten del intento; al contrario, al marcharse esconden en sus maletas las camisas mojadas por el sudor del gracejo y la pachanga.  

«Nuestra Habana tiene una sabrosura y una identidad inigualables. Todos se encantan. Aquí, se pierde el individualismo, tú sales a la calle y charlas con este, con cualquiera. Sus verdades están plasmadas en los callejones… en estos grandes edificios, en los que se mezcla lo español, lo africano, lo chino, lo árabe.  Tenemos que aspirar a una ciudad grande, bella, donde su gama de colores se asemeje al arco iris. Por lo económico, a veces, se desecha lo histórico, la herencia, lo digno. La supervivencia tiene laberintos; no solo es lo fácil: los tesoros están, sobre todo, en nuestra mente, en nuestros sueños…».

Ella, a su vez, se sienta a un costado de la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís para unir sus pretensiones espirituales a la piedra dura y húmeda; sentirse energética y tener una percepción abierta de las lisonjas y fealdades que a todos nos tocan y hieren. Hija de Shangó desde los 14 años, se viste diariamente con los colores de una deidad del templo yoruba y muestra las verdaderas esencias de las religiones afrocubanas, esas que rebasan a las «madrinas» de la santería y a los santurrones de los barrios de azabaches. Es, además, una experta en la lectura del tarot, de las cartas españolas y del horóscopo.

«Soy muy feliz: tengo 8 hijos, 12 nietos y 4 bisnietos. La vitalidad y optimismo de mis actos hacen que me vea bien —me comentó hará uno o dos años—.Tengo una magia envolvente. La Habana Vieja es un mito que camina y siempre va a estar vivo; es el sol y los espíritus de hace siglos bramando en el viento. Los caminantes me dicen la Gitana de La Habana por mis collares y pulsos, los cuales tienen variados significados para mí: son mi fuerza. Sin olvidar el tabaco, mis muñecas, como la guerrera Lucía, hija de Ogún, y mi mono-talismán, vengador de agravios. Mis uñas naturales son muy grandes… así como mis aretes, que siempre llaman la atención.

«Sí, recibo burlas de los insensibles. Una vez, una señora me insinuó: “Usted es payasa, ¿verdad?”. Y yo le respondí: “Bueno, hay que darle un aplauso al payaso, pues divertir es regalar salud”. Desde hace años soy la reina del Cabildo, el cual sale a la calle el 6 de enero, Día de Reyes, para recordar aquellas jornadas de la Colonia cuando los amos les permitían a los esclavos renegar de sus barracones y bailar con sus trajes típicos y tambores.  Una vez, Eusebio Leal, desde el balcón de la antigua oficina del Historiador de la Ciudad, en la calle Lombillo, nos tiró pétalos de rosa».

En la actualidad, Wilky Arencibia sigue merodeando los caminos del buen humor y el histrionismo, como uno de los símbolo distintivo de nuestra capital, y Adelaida Borges, vista recientemente en el programa televisivo «Entre amigos», es una de las atracciones de la Plaza de la Catedral, donde sigue regalándoles bendiciones a los caminantes del mundo que vienen a Cuba en busca de nuevas lecciones de vida.


(CubaSí)

 

 



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