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En venta la receta del Estado fallido

A partir de las acciones ilegales de Estados Unidos contra Venezuela el pasado 3 de enero y, en especial, después de que la Casa Blanca nombrara a Cuba como una “amenaza inusual y extraordinaria” el 29 del propio mes, para justificar acciones contra terceros que pretendan mantener una relación normal con la Isla, ha surgido casi una nueva especialidad sobre la futurología cubana.

La prensa corporativa, que siempre acompaña al gobierno estadounidense en sus aventuras de política exterior, ha presentado diversos vaticinios sobre la frecuencia cardiaca de la economía cubana, acotando que resta poco tiempo para el paro definitivo. Agencias como EFE y Reuters, que aparentemente tienen oficinas matrices en capitales extranjeras, pero que en muchos temas hacen la función de coristas de las tonadas que se canten en Washington, han amplificado el impacto de las acciones punitivas e intentan sumar todos los días más sombra a la vida de los cubanos.

Se ha multiplicado la cantidad de supuestos expertos sobre temas cubanos y, en particular, aquellos que especulan sobre el curso de las relaciones bilaterales entre Cuba y los Estados Unidos, sin conocer los antecedentes de las mismas y negando la existencia de áreas de interés común que se han ratificado una y otra vez. Un grupo más inverosímil está compuesto por otros que tuvieron alguna vez una vida aceptable dentro de la seriedad académica, pero que ahora disfrazan las acciones monroistas hacia América Latina y el Caribe como oportunidades únicas de cambio para la región.

Un acápite independiente está relacionado con la cantidad de especulaciones que han circulado sobre supuestas negociaciones secretas que estarían teniendo lugar entre La Habana y Washington, cambiando frecuentemente el nombre de los interlocutores, la sede de los intercambios, la agenda y creando mucha confusión entre aquellos que han jurado eternamente que no tienen nada que negociar con lo que denominan castrismo.

Otro detalle entretenido estos días ha sido la profusión de pronósticos sobre las gotas de combustible que quedarían aún en los tanques de CUPET (Cuba Petróleos) y el coeficiente utilizado para calcular los días que restarían para el “apagón total”. Empezaron por pronosticar “petróleo para quince días”, pero como el tiempo ya ha ido transcurriendo más allá de la fecha, entonces están elaborando otros escenarios, que presumiblemente serían más certeros.

En medio de toda esta turbulencia informativa, en la que también debemos destacar mucha solidaridad y respeto hacia la obra de la Revolución Cubana, se ha reiterado el uso intencionado del término “estado fallido” (failed state) en relación con el caimán caribeño. Por lo tanto, sería útil razonar el significado del mismo y lo que se esconde tras esas dos palabras.

Las diversas definiciones que se pueden encontrar coinciden en referirse a la incapacidad supuesta o real de un estado, en el que se incluirían todas las instituciones gubernamentales, para garantizar la seguridad, el desarrollo y la funcionalidad de un país. En esa situación surgirían entonces la corrupción y delincuencia generalizadas que se articularían en carteles, grupos de poder y otras estructuras sociales que detentarían el poder al margen de la ley, controlando regiones específicas de un territorio.

Varias fuentes coinciden en señalar el surgimiento del uso de tal concepto alrededor de la situación interna surgida en Somalia en 1990, que fue utilizada como pretexto para la intervención militar estadounidense en 1992.

Paradójicamente, Estados Unidos y la OTAN han utilizado otros argumentos para destruir y ocupar  naciones como Irak, Libia, Afganistán, que han pasado a ser estados fallidos permanentes, que nunca más han logrado articularse en un sistema político único y centralizado, sobre la base de una legislación aprobada por representantes electos.

Los creadores de este concepto no lo hicieron pensando en garantizar un respaldo del sistema de Naciones Unidas en su conjunto hacia una nación afectada por el cambio climático, pandemias u otro tipo de adversidad que rebasara sus capacidades endógenas. Todo lo contrario, asumieron tal función con el interés de justificar una presencia militar foránea y, en el mejor de los casos, una llamada intervención con carácter humanitario (pero intervención de todos modos) que permitiera la presencia, ocupación y dominación de un espacio territorial por fuerzas y medios  de una, o varias potencias extranjeras.

Estos antecedentes se deben tener en cuenta a la hora de interpretar el balbuceo aéreo de Donald Trump mencionando a Cuba como “estado fallido” en cada vuelo a Mar-a-Lago, o al leer el reciente discurso de un intelectual ultraconservador publicado en un diario como el Washington Post, comprado y reciclado por un multimillonario, basando sus conclusiones en observaciones hechas por “testigos” que nunca han visitado la Isla.

Pero valdría la pena por un momento poner a prueba tal construcción, más allá de la repetición hasta el cansancio de lo que es evidente y nadie niega, que se refleja en la escasez de combustible y de alimentos, alta inflación, acumulación de residuos en las calles, contracción del turismo, envejecimiento poblacional, y otras realidades cubanas de hoy.

Difícilmente puede considerarse un estado fallido aquel que, a pesar de las asimetrías que lo separan de la primera economía mundial, ha soportado 67 años de todo tipo de ataques, acciones unilaterales, bloqueos, embargos, odio y presiones. Ese lujo no se lo podría dar ni el más allegado de los amigos de Washington dentro de la OTAN.

Sin ir mucho más atrás en el pasado, se le está tratado de colgar tal denominación a un pequeño país que casi sobre la base únicamente de sus propios  recursos fue cinco veces más eficiente que el gran hegemón en prevenir víctimas fatales, producto del impacto de la pandemia de la COVID19 y socorrer a otros 47 países.

Se le trata de apodar fallido a aquel que enfrentando al devastador huracán Melissa en el 2025 evacuó a 700 000 nacionales y no registró una sola víctima mortal, a aquel que en medio de las circunstancias antes descritas ha sido capaz de ir logrando cambios dramáticos (aún insuficientes) en su matriz energética.

A pesar del presupuesto abultado con que cuentan los creadores de contenido anticubanos, no han podido presentar ni con el uso de Inteligencia Artificial imágenes de violencia armada en las calles cubanas, de cárceles tomadas por sicarios, de sarcófagos abandonados en las calles, cadáveres colgados de puentes, comunidades aborígenes exterminadas, o de parques públicos gobernados por consumidores de estupefacientes.

Los cubanos no construyen barricadas para emboscarse los unos a los otros, todo lo contrario, arman bloque a bloque más solidaridad que nunca, incluidos la mayoría de los que residen en el exterior y no quieren que se vea en peligro su identidad, su historia, su cultura, o su familia.

En medio del escenario “sin salida” que se construye digitalmente desde el exterior, los cubanos “fallidos” se comen las uñas organizando un Festival de la Salsa que reunirá a cientos de creadores de varios países en las próximas semanas, transforman en minutos una feria internacional del libro presencial por otra virtual, reordenan la enseñanza a distancia y los servicios de salud.

Se les podría proponer a los autores de la teoría del “estado fallido” que exploren algunas realidades del país que les financia sus exabruptos. En fuentes oficiales estadounidenses está registrado que más de medio millón de ciudadanos duerme al menos una noche del año a la intemperie, que en sus cárceles habita más de la cuarta parte de la población penal mundial, que 27 millones no tienen cobertura de salud ni para atenderse un dolor de muelas, que el 21% es analfabeto y el 54% no rebasa el 6to grado de educación. ¿Cuál de ellos podría responder por qué la tasa de fallecidos por enfermedades prevenibles en EE UU es de 280 por cada 200 000 personas cuando en la “vieja Europa” es de 24 por cada 200 000?

Si esta pregunta es de difícil respuesta cabrían otras: ¿por qué los ciudadanos estadounidenses son dueños en total de más armas que todo el resto de los países de conjunto?; ¿por qué Estados Unidos es el único país del mundo con más armas con propiedad civil que cantidad total de población? Se pueden listar algunas quizás más fáciles de responder: ¿por qué  casi el 50% del agua que circula en acueductos estadounidenses está contaminada?, ¿por qué el 38% de los ciudadanos de aquel país ha dependido del apoyo de instituciones caritativas en algún momento de sus vidas?

Todas estas cifras, que son muy significativas, lo serían aún más si  se redujera la amplitud de la mirada a estados o comunidades específicas dentro de la llamada Unión, que enfrentan situaciones de desequilibrio social comparables con las zonas más atrasadas del mundo.

Cuba, queridos observadores profesionales y aficionados, no es un estado fallido, es un estado sitiado. Quizás fuera útil imaginar cómo sería su presente sin tal acoso y también cómo hubieran podido sobrevivir (o no) otras naciones enfrentado las mismas vicisitudes.

Estamos nuevamente ante los augurios ya pronunciados a inicios de los años 60 y 90 del siglo pasado en cuanto al “tiempo que le resta a Cuba”. Los apostadores se presentan una vez más como gente de éxito que en esta oportunidad tendrá razón. Bien les valdría ser más modestos, bajarse de sus pedestales y tratar de comprender mejor la capacidad de resistencia y sobrevivencia Made in Cuba.

(José Ramón Cabaña, Director del Centro de Investigaciones de Política Internacional -CIPI-)

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