El lema Yo soy Fidel se multiplicó en Cuba

Editado por Maria Calvo
2016-12-05 09:49:07

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por Roberto Morejón

Las cenizas del líder histórico de la Revolución Fidel Castro reposan en su morada definitiva, el cementerio de Santa Ifigenia, en  Santiago de Cuba, después de recorrer en un cortejo casi todo el país, mientras las multitudes lo despedían.

Si bien las autoridades organizaron meticulosamente las honras fúnebres, con apego a la disciplina, el pueblo desbordó calles y plazas, para expresar su dolor y confianza en continuar el legado del guía revolucionario.

Es cierto que para muchos cubanos el autor del alegato “La historia me absolverá” es un mito, pero lo definen con los pies en la tierra, porque al dirigente lo caracterizó su vínculo con las masas.

Por eso no asombró la irrupción ordenada de millones de cubanos  en las calles y las plazas de la Revolución José Martí, en La Habana, y Antonio Maceo, en Santiago de Cuba.

Se escucharon consignas y lemas de cariño y admiración hacia Fidel sin turbar la atmósfera de respeto en la que se sumieron los cubanos después de recibir la noticia.

Una carga simbólica, a veces inenarrable, rodeó la marcha del cortejo fúnebre por la ruta de Occidente a Oriente del archipiélago.

El recorrido se hizo en sentido inverso al de la exitosa caravana de la victoria, en mil 959, protagonizada por los barbudos tras la insurrección contra la dictadura de Fulgencio Batista.

En Bayamo, cuna de la nacionalidad cubana, un camarógrafo escudriñó los rostros de mujeres y hombres, ancianos y jóvenes que alzaban su mano en señal de adiós ante el paso de la sencilla urna, con los restos del líder, sobre un armón de color verde olivo.

Allí se vieron personas con lágrimas en los rostros, una imagen también apreciada en otros poblados.

La derecha latinoamericana y europea y centenares de enviados de prensa tuvieron que admitir que el desborde popular, contenido y racional, al paso de las cenizas del líder, estaba motivado por la espontaneidad, admiración y gratitud.

Era una verdad que chocaba con moldes de la propaganda anticubana, con raíces cercanas a la extrema derecha de la emigración en Miami, algunos de cuyos exponentes manifestaron euforia, en expresión grotesca de perfidia y negación de ética.

En contraposición, las sedes diplomáticas de Cuba en los cuatro puntos cardinales eran rebasadas en su capacidad por personas deseosas de firmar libros de condolencia abiertos para rendir tributo a Fidel Castro.

En Cuba, el pueblo agradecía la presencia de estadistas asistentes a las exequias. En la Plaza Antonio Maceo, de Santiago de Cuba, muchos participantes en el gran acto de despedida al líder fallecido, tenían en sus cabellos una tela o cintillo donde se leía: “Yo soy Fidel”.



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