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Francisco Vicente Aguilera: el millonario que murió sin fortuna

Francisco Aguilera, en Bayamo. (Fotos: Leipzig del Carmen Vázquez)

Aquel 22 de febrero de 1877, en una pequeña habitación de Nueva York que el viento invernal atraviesa sin piedad, un hombre delgado y de barba blanca lucha por respirar.

A sus 55 años, Francisco Vicente Aguilera, dueño de ingenios, teatros y miles de cabezas de ganado, agoniza. No posee ya nada. Sus zapatos están agujereados y el frío cala sus huesos.

Afuera, la ciudad que nunca duerme ignora que en ese cuarto muere un gigante. Adentro, solo queda la paradoja de un hombre que prefirió, regalar su imperio por un sueño: ver libre a la isla que lo vio nacer .

Para entender la magnitud del sacrificio de Aguilera, hay que pensar en Bayamo de 1821. Allí, en una casona del centro, el rico hacendado Antonio María Aguilera celebraba el nacimiento de su hijo Francisco Vicente. Nadie en la villa señorial podía imaginar que aquel vástago de la opulencia, criado entre esclavos y terratenientes fieles a la corona, se convertiría en la pesadilla del imperio español.

La muerte prematura de su padre en 1834 obligó a Francisco Vicente, con solo 13 años, a tomar las riendas del negocio familiar. El joven demostró un talento extraordinario. En 1860, Aguilera no solo había multiplicado su fortuna, sino que se había convertido en el hombre más acaudalado de la región oriental.

Sus dominios se extendían en fincas en Bayamo, Jiguaní, Las Tunas y Manzanillo; ingenios azucareros que humeaban con innovaciones de vapor; 500 esclavos que había heredado y a los que trataba con una dignidad inusual para la época, prefiriendo contratar hombres libres antes que comprar más personas en los mercados de África.

Era propietario del teatro de Bayamo, almacenes, haciendas y 35,000 cabezas de ganado. Su capital superaba los dos millones de ducados, una cifra astronómica que alimentaba rumores de que podía «enchapar en oro el suelo de su casa».

En 1867, la rebeldía que bullía en Oriente encontró un líder. Aguilera fundó el Comité Revolucionario de Bayamo junto a Perucho Figueredo y Francisco Maceo Osorio. Su casa dejó de ser un punto de encuentro social para convertirse en el cuartel general de la conspiración.

Sin embargo, Aguilera no era un caudillo impulsivo. Hombre de negocios, sabía que una guerra sin fusiles era un suicidio. En las reuniones en San Miguel de Rompe abogó por esperar al final de la zafra para vender sus propiedades y comprar armamento. Incluso se comprometió a viajar a Estados Unidos para financiar la causa.

Pero la historia no espera. El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes se adelantó a los acontecimientos y dio el Grito de Yara en La Demajagua.

Homenaje a Vicente Francisco Aguilera, en Bayamo.

Homenaje a Vicente Francisco Aguilera, en Bayamo.

Cuando la noticia llegó a Aguilera, que se encontraba en su hacienda Cabaniguán, en Las Tunas, algunos conspiradores acudieron a él con una propuesta venenosa: desconocer a Céspedes, reclamar la jefatura que por derecho de antigüedad en la conspiración le correspondía.

Ahí emerge la talla moral del «millonario heroico». Aguilera no dudó. Con una frase lapidaria acalló a los sediciosos: «Acatemos a Céspedes si queremos que la Revolución no fracase». Acto seguido, puso su espada y su fortuna a las órdenes de Céspedes.

Liberó a sus 500 esclavos, una acción ilegal bajo la ley española, y se presentó en el asedio a Bayamo al frente de una tropa de mayorales, empleados y antiguos siervos. No iba a reclamar poder, iba a pelear.

Narran los historiadores que el día del incendio de Bayamo, mientras las llamas devoraban las propiedades del prócer, alguien lamentó la pérdida y Aguilera, imperturbable, pronunció la frase que lo inmortaliza: «Nada tengo mientras no tenga Patria”.

Los últimos años de Aguilera fueron un calvario silencioso. Enfermo de cáncer, viviendo en la más absoluta pobreza en un apartamento de Nueva York junto a su esposa e hijos, jamás tomó un centavo de los fondos recolectados para la causa.

Su honestidad se volvió legendaria. Quienes lo visitaban quedaban estupefactos al ver la miseria de aquel hombre que tuvo tantas riquezas.

El 22 de febrero, Francisco Vicente Aguilera expiró. Su cuerpo fue velado por los pocos amigos que recordaban al gigante. Había muerto como vivió sus últimos años: como un misionero de la libertad, sin una moneda, pero con la conciencia tranquila.

Treinta y tres años después, en 1910, sus restos regresaron por fin a Bayamo y hoy reposan en el Retablo de los Héroes, bajo una lápida que no necesita oro para brillar.

José Martí, que supo reconocer la grandeza donde otros solo veían fracaso, le dedicó el epitafio perfecto, el que resume una vida de paradojas y coherencia: «El millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república”.

(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)

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