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Memoria en tiempos de pandemia

Imagen / RT.

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Por: Guillermo Alvarado

Aislados por la pandemia de Covid-19, pero unidos en una gran memoria colectiva, cientos de miles de latinoamericanos recordaron dos acontecimientos nefastos ocurridos en nuestra región hace ya algunas décadas que dejaron huellas imborrables en los pueblos.

El 24 de marzo de 1976 se perpetró en Argentina el golpe de Estado por medio del cual se instauró una sangrienta dictadura militar, responsable de más de 30 mil asesinatos y desaparecidos, decenas de miles de torturados y exiliados y una ola de profundo terror en esa sociedad.

Como sombría muestra del terrorismo de Estado practicado durante años en la nación sudamericana, basta un botón, la confesión en 1995 del capitán Alfonso Scilingo de que él personalmente había lanzado vivos al mar a unos 30 prisioneros en los años finales de la década del 70.

El militar reconoció que entre mil 500 y dos mil argentinos, considerados enemigos por la dictadura, corrieron la misma suerte.

Otro 24 de marzo, éste de 1980, en la pequeña capilla del hospital La Divina Providencia, de San Salvador, fue asesinado de un disparo en la cabeza el arzobispo de esa ciudad centroamericana Oscar Arnulfo Romero, por denunciar los crímenes del ejército contra el pueblo.

Un día antes el prelado, conocido popularmente como el Santo de América, había firmado su sentencia de muerte cuando durante una misa exigió públicamente a los militares el fin de la represión.

Hay un par de puntos en común entre los gorilas argentinos y los salvadoreños, así como otros de su especie que ensangrentaron a nuestra región durante esos años.

Uno es que en la mayoría de los casos escaparon al castigo de la justicia por sus desmanes. Y el otro, que de alguna manera explica el anterior, es que todos fueron entrenados en la odiosa Escuela de las Américas, fundada por Estados Unidos para enseñar a torturar, asesinar, secuestrar y aterrorizar.

Lo eran Scilingo y sus colegas que lanzaron vivos al mar a prisioneros indefensos, la mayoría jóvenes. Lo era el francotirador que asesinó a monseñor Romero, como también los que mataron en El Salvador a cuatro monjas estadounidenses y a los jesuitas de la Universidad Centroamericana.

Por eso el clamor de “verdad y justicia” primó en el ensordecedor silencio que hermanó a miles y miles de latinoamericanos, aislados por la pandemia pero unidos en la memoria, como demostraron los pañuelos blancos colgados en los balcones argentinos y las velas encendidas en hogares salvadoreños.

Eso, y el justo reclamo de que nunca más ocurra semejante barbarie en nuestras tierras.

Editado por Maite González Martínez
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