Cuba, -una vez más-, dio el paso al frente y mostró disposición para el combate a la epidemia del ébola en la República Democrática del Congo, según quedó expuesto en un intercambio virtual sostenido entre los ministros de salud de ambos países José Ángel Portal Miranda y Samuel Roger Kamba.
En la reunión, la parte congoleña informó que en tres meses el número de zonas de salud afectadas aumentó de cuatro a 60, distribuidas en seis provincias, mientras la letalidad supera el 40%.
Planteó la necesidad de recibir apoyo para contener la propagación hacia nuevas zonas, fortalecer la atención a los enfermos, respaldar a los equipos médicos que trabajan en el terreno y mejorar el monitoreo de la epidemia, según publicó en X el Ministerio de Salud Pública de Cuba el 4 de septiembre.
Ese texto resaltó la importancia en la nación africana de reforzar la preparación en las zonas todavía no afectadas mediante una evaluación semanal de riesgos y la cartografía epidemiológica, junto con planes de contingencia y el preposicionamiento de insumos, algo escrito por la experiencia cubana que llegó a Africa occidental en 2014, con 256 profesionales cubanos del Contingente Henry Reeve para prestar asistencia en Sierra Leona, Liberia y Guinea Conakry.
De esa labor altruista y humanista, esta reportera habló en aquellos años, con el doctor Jorge Delgado Bustillo, jefe del mayor grupo de cooperantes que prestó servicios en Sierra Leona. De esa entrevista vale la pena rescatar varios datos: Cuba respondió ante un llamado de la Organización Mundial y Panamericana de la Salud a solicitud expresa de la doctora Margaret Chan, Directora General de la OMS y por el Secretario General de la ONU, señor Ban Ki Moon, en aquel momento.
Más de 12 000 profesionales cubanos mostraron voluntariedad para integrar el contingente Henry Reeve, especializado en el enfrentamiento a desastres naturales y epidemias, creado en el 2005 por el Comandante en Jefe Fidel Castro y acabar con la letalidad de la enfermedad a expensas de su propia vida.
A los cubanos nunca se envió al combate sin preparar porque los seleccionados recibieron un riguroso e intenso entrenamiento en el habanero Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí, asesorado por expertos de la OMS y de la OPS. Los 400 elegidos reunieron varios requisitos como contar con experiencias previas en la profesión y en otras misiones internacionalistas; dominar el idioma inglés; y obtener el aval por el conocimiento del buen manejo de los medios de seguridad, otorgado por los organismos internacionales.
Luego pasaron un periodo de quimioprofilaxis para prevenir al personal de enfermedades endémicas de África, principalmente la malaria, ocasionada por vectores y de ahí quedó la cifra de 256 colaboradores porque todos aquellos que presentaron patologías crónicas, padecimiento y otras razones se descartó.
A todos se le preguntó varias veces por la voluntariedad para asumir la misión, se le explicó lo difícil del manejo de la enfermedad, (desconocida en aquellos años) y con el presupuesto de que podrían no regresar de vuelta a casa. Además ellos tenían la certeza que sus familiares más cercanos siempre estarían cuidados y protegidos tanto por las autoridades de salud como por sus compañeros de trabajo, con garantías económicas en caso de fallecimiento.
Durante su estancia en África recibieron llamadas de la más alta dirección del país, hubo preocupación y ocupación en la calidad de sus condiciones de vida, jamás faltó el pago de sus bonificaciones en el lugar y del salario para los familiares en Cuba.
Los cooperantes atendieron otras patologías como VIH/ SIDA, la tuberculosis, la malaria, la meningitis y otras de causa desconocidas. «No siempre pudimos determinar la patología de las personas. Los resultados de los exámenes demoraban muchos días por la escasez de laboratorios», dijo en aquella entrevista Delgado Bustillo y confesó que la mayor preocupación estuvo en el contagio del doctor Félix Baez, quien fue trasladado a un centro especializado en Ginebra, Suiza, donde se recuperó para luego volver a concluir su misión. Los cubanos también lamentaron la pérdida del enfermero Reynaldo Villafranca Antigua, fallecido el 18 de enero de 2015, a causa de la malaria.
El trabajo fue muy duro porque debía cubrirse con un traje que los hacía transpirar todo el tiempo y por eso solo podía cubrir turnos de pocas horas, mientras los enfermeros debían canalizar venas portando hasta tres tipos de guantes. El quehacer del grupo frente a los pacientes abarcó el cuidado y la higiene, pero también enseñar a los profesionales nativos en esas prácticas.
Los médicos cubanos, al igual que los enfermeros, hicieron todo tipo de labor con los infestado de ébola como aplicar medicamentos, establecer procedimientos, practicar las entrevistas clínicas y entrevistarse con los familiares para acorralar la epidemia de forma preventiva.
Toda esta información lo acerveró el doctor Enmanuel Vigil Fonseca y el enfermero Ángel Tellez Venzant, quienes laboraron directamente en el enfrentamiento a la enfermedad que en 90 días de vigilancia intensa Liberia y Sierra Leona fueron declaradas por la ONU como libres del virus.
La vigilancia extrema implicó garantizar que no existieran retrocesos en el brote detectado en diciembre de 2013, al cual se atribuyen 28 634 casos y 11 314 muertos, Cuba impidió la proliferación de la enfermedad y salvó al mundo de un mayor contagio.
En esto se basa los pilares de la colaboración médica cubana, en la pasión por ayudar al otro, en la valentía ante un combate y en la voluntad férrea del bien colectivo por encima del individual, algo difícil de concebir dentro de la ideología hegemónica capitalista.
