Hay mujeres que nacen para ser memorables. Otras, para ser imprescindibles. Vilma Espín Guillois fue ambas. Y aunque su nombre oficial aparezca en los libros de historia como fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas o como heroína del llano en la Sierra Maestra, quienes la conocieron dicen que su verdadera grandeza estaba en los pequeños detalles.
Aunque nació en el seno de una familia acomodada, el futuro que eligió fue el de la rebeldía. Se unió al Movimiento 26 de Julio, operó como enlace entre Frank País y Fidel Castro, y se convirtió en la primera mujer jefa del Departamento Oriental del Directorio Revolucionario.
En la Sierra, los combatientes la llamaban “Deborah”, su nombre clandestino. Pero ella nunca dejó de ser Vilma: firme, callada, eficaz, con una autoridad que no necesitaba levantar la voz.
Triunfó la Revolución en 1959, y Vilma no pidió cargos ni honores. Pidió trabajo. Y el trabajo era enorme: la mitad de las mujeres cubanas eran analfabetas, no votaban, no trabajaban fuera de casa sin permiso marital, y muchas ni siquiera tenían partida de nacimiento.

Fidel Castro y Vilma Espín, en la fundación de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), el 23 de agosto de 1960. (Foto: Sitio web Fidel Solddo de las Ideas)
Fue entonces cuando nació la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), el 23 de agosto de 1960, bajo su dirección. No era una institución decorativa. Era una trinchera.
Desde la FMC, Vilma impulsó las Casas de Orientación a la Mujer y la Familia, los círculos infantiles, las escuelas de oficios, los programas de salud sexual y reproductiva, y hasta el Código de Familia de 1975, que fue el primero en América Latina en igualar los derechos de los hijos nacidos dentro y fuera del matrimonio.
No fue un camino fácil: tuvo que enfrentar el machismo y la incomprensión de algunos sectores.
Tenía una cualidad que la hizo única: la ternura revolucionaria. Esa que nace de la conciencia y se convierte en acción. Visitaba fábricas, hospitales, prisiones, barrios marginales.
Escuchaba a las mujeres con una paciencia infinita. Y cuando alguna compañera le decía “no puedo más”, Vilma respondía: “Si tú no puedes, ¿quién entonces?”.
Su nombre sigue siendo sinónimo de lucha, pero también de abrazo. Porque Vilma enseñó que no hay revolución completa si las mujeres no son libres, y que no hay libertad si no hay ternura.
Hoy, cuando se habla de feminismo, de igualdad, de derechos, vale la pena recordar a esa ingeniera química que cambió su bata de laboratorio por un fusil.
Esa fue Vilma. Y mientras haya una mujer cubana estudiando, trabajando o decidiendo, la Revolución que ella ayudó a construir seguirá viva.
(Leipzig del Carmen Vázquez, corresponsal de Radio Habana Cuba en Granma)
