Si bien aumentan las críticas hacia los ataques y desplantes del presidente Donald Trump, existe la impresión de que han recibido menos repercusión de la merecida.
La guerra de Israel contra Irán, aupada por los inquilinos de la Casa Blanca, es calificada de impopular, aunque las demostraciones de protesta, las críticas en los medios y los discursos de dirigentes no cubren el impacto devastador de la contienda.
En un mundo agobiado por el alza de los precios del petróleo y los obstáculos al comercio internacional, se esperaba mayor intensidad de la repulsa.
Es cierto que en Estados Unidos, por ejemplo, se volcaron millones de personas en las demostraciones encabezadas con el lema “No kings”, pero el aludido continuó sus planes contra la República Islámica.
También fue palpable la resistencia masiva del estado de Minnesota contra las redadas del servicio de inmigración y ese activismo tuvo cierta ramificación en la repulsa a la guerra en Oriente Medio.
Quizás el eco de ese activismo y el malestar por el alza de la gasolina se convirtieron en un mayor cuestionamiento a una guerra impuesta por Trump, quien en campaña prometió no provocarlas, pero aún el magnate se ufana de triunfar en la contienda.
No obstante, debió enfrentar iracundo la negativa de algunos líderes europeos a prestar sus territorios como base de los ataques a Irán.
Los más osados en los análisis inquieren a las capitales europeas por no haber sido más activas en contra del afán belicista del magnate, el mismo que apoyó a Israel en su genocidio en Gaza.
Otros observadores destacan la necesidad de condenar con más vigor intervenciones armadas como la realizada en Venezuela, con el secuestro de su presidente.
Igualmente, se espera mayor censura a las insinuaciones de Trump de estar dispuesto a tomar el control de Cuba, a la que somete a un cerco energético, sumado al bloqueo.
Todavía queda mucho por poner en tela de juicio la propensión de Estados Unidos hacia guerras aéreas, el altísimo gasto militar, las intervenciones en Nigeria y Somalia y el aumento de la presencia de sus efectivos militares en Ecuador.
En la ONU y más allá deberían emplazar a una administración que hace añicos el Derecho Internacional, la soberanía de estados y aplica los aranceles como arma política.
A propósito de todo lo anterior, el exvicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, advirtió atinadamente sobre el peligro de que declaraciones guerreristas como las de Trump sean recibidas con indiferencia por gran parte de la dirigencia política, los medios y la llamada “opinión pública global”.
