Emperador del Mundo

por María Calvo

En los años cincuenta del pasado siglo deambulaban por las calles habaneras tres nobles de sangre roja, El Emperador del Mundo, La marquesa y El Caballero de París, muy consentidos por los habitantes estos tres humildes opacaban en popularidad y simpatía a duques, marqueses, condes y vizcondes de sangre azul, adinerados y refinados que residían en palacetes del Vedado o Miramar.

De los tres el de mayor jerarquía era Valeriano I,  Emperador del Mundo cuyo verdadero nombre era Antonio Álvarez Valeriano.

El Emperador del Mundo, La marquesa y El Caballero de París,

Vestía con orgullo un viejo y estropeado uniforme del Ejército con galones, regalo de un anciano militar retirado y en su pecho brillaban varias medallas que algunos chistosos  le colgaban en la pechera para seguirle la corriente.

Este simpático personaje paseaba  por el Parque Central,  la plazuela de Albear, el  Parque Zayas y el Paseo del Prado,  que consideraba los jardines de su imaginario palacio.

Cuando Valeriano I veía un grupo de personas se subía a un banco o cualquier otra altura que hubiera cerca e improvisaba un enredado discurso presentándose como el Emperador del Mundo y narrando en un lenguaje desordenado sus ilusorias entrevistas secretas con el Papa, el Secretario General de la ONU, Einstein y otros personajes que se le ocurrían para poner paz en el mundo, hermandad entre los hombres y sus diferentes razas, comida para todos por igual y curar a los enfermos.

Pero cuando más trataba de explicar su sueño, sus palabras se convertían en una jerigonza que nadie trataba de entender y comenzaban los aplausos, y ocasionalmente  algún tonto inhumano que pretendía ser gracioso le lanzaba agua de una lata o un cartucho con harina.

No todos se burlaban de él, algunas personas instruidas que pasaban casualmente por allí se detenían para escucharlo con atención y lo defendían cuando veían que la gente convertían las jaranas en abusos.

En aquellos tiempos que “la guerra fría” se estaba tornando muy caliente, se encontraban a veces dos o tres de estas personas cultas quienes después de escuchar al Emperador le daban coherencia a sus desordenadas palabras.

Encontrando en ellas un mensaje de sabiduría y esperanza, de  paz y armonía universal y de  bienestar para toda la humanidad, luego comentaban  lo feliz que sería el mundo si los sueños del Emperador se hicieran realidad. (Recopilación de Internet)

Editado por Maria Calvo



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