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Elecciones presidenciales de Estados Unidos: el show continúa

por Guillermo Alvarado

Los dos representantes del uno por ciento más rico de Estados Unidos que aspiran a ocupar la presidencia de ese país, Hillary Clinton, del Partido Demócrata, y Donald Trump, del Republicano, se enfrentaron esta semana en un debate con más características de espectáculo de circo, que de un análisis serio de la política doméstica e internacional que debe seguir la principal potencia económica y militar del mundo.

El encuentro fue organizado con todas las características de un gran show y se anunció una audiencia récord de entre 80 y 100 millones de espectadores, si bien estaba claro desde el primer momento que la inmensa mayoría no se conectaría al televisor para escuchar hablar de alta política, sino para presenciar golpes bajos, insultos, palabrería y sangre. Hay que decir que la mayoría no resultó defraudada.

Ambos a su estilo, tanto Clinton como Trump se dedicaron a intercambiar exabruptos, acusaciones e insinuaciones en un tono bajo y arrabalero.

La ex primera dama y antigua secretaria norteamericana de Estado fue allí para demostrar que podía superar su momento más bajo en la campaña, ante un contendiente inusual e impredecible, y recuperar su notoria falta de confianza entre el electorado, sobre todo en dos sectores sensibles, las mujeres y los jóvenes.

Trump tenía ante sí el reto de mostrarse a la altura de lo que se espera de un aspirante a la Casa Blanca, es decir de un jefe de Estado serio y responsable, capaz de enfrentar los retos de uno de los momentos más difíciles, no sólo para su país, sino para toda la comunidad internacional.

El momento era adecuado para abordar temas importantes, como la grave situación económica en la nación norteña, la falta de empleos, el crecimiento de la pobreza, la violencia interna que se ha desatado en los últimos años e incluso el problema de las agresiones racistas de la policía, que se multiplican en todo el territorio.

En el plano internacional está la candente turbulencia en el Oriente Medio, la amenaza de las organizaciones terroristas, las oleadas de migrantes que escapan a las guerras, la miseria y las enfermedades, la crisis de los precios de las materias primas, sobre todo del petróleo, y el lamentable papel jugado por Estados Unidos en Afganistán e Iraq.

Es decir que había abundante material para que los aspirantes a la presidencia en ese país demostraran con argumentos sólidos y bien fundamentados quién está mejor preparado para contribuir a la estabilidad, la prosperidad y el bienestar de la población y del mundo en general.

Lamentablemente no hubo nada de eso y el auditorio de la Universidad Hofstra, en Long Island, Nueva York, se convirtió en un cuadrilátero donde los dos políticos, para beneplácito de buena parte de la audiencia intercambiaron golpes no con el propósito de demostrar quién es mejor, sino cuál podía hacer más daño a su adversario.

Para las personas inteligentes y sensatas luego de este espectáculo quedó en la mente una pregunta y una gran preocupación: ¿cómo es posible que alguna de estas dos personas vaya a dirigir al país que tiene en sus manos la capacidad de decidir el futuro de toda la humanidad?

Editado por Maria Calvo
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