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La agresión de los EEUU e Israel contra Irán; algunos apuntes prospectivos

por Rodobaldo Isasi Herrera
EEUU e Israel contra Irán

 La operación Furia Épica desarrollada por los EEUU e Israel contra la República Islámica de Irán no alcanzó los objetivos medulares propuestos, cuarenta días después de su inicio, identificados en el cambio de régimen, la eliminación de su programa nuclear y la ratificación del predominio de Washington y Tel Aviv en Medio Oriente.

Por el contrario, el balance alcanzado en la contienda dejaba por sentado que las instalaciones militares ubicadas en ocho países fueron destruidas o dañadas severamente, sin perder de vista los impactos ocasionados a Israel, cuyo territorio ya resulta un espacio vulnerable a las oleadas de misiles y drones iraníes; realidad esta que se extiende también a los países del Golfo Pérsico.

La incapacidad demostrada por el Pentágono para desarticular militarmente a Teherán, mostró también los límites de su inventario de municiones de precisión de largo alcance, así como la reafirmada dependencia del estado sionista del respaldo bélico estadounidense.

Por su parte, Teherán demostró que sus capacidades defensivas son potentes, a lo que se añade su voluntad negociadora, con la mediación paquistaní, aspecto este que ha puesto a la luz pública su decisión de defensa de la soberanía, a la par que desempeñar un papel activo en la gestión del estrecho de Ormuz.

No menos importante, se presenta la redoblada solidaridad y compromiso alcanzada por Teherán en su enfrentamiento con Washington y Tel Aviv, por todos los actores no estados que integran el denominado Eje de Resistencia, que han mostrado capacidad de acción y resiliencia para enfrentar al sionismo: Hezbolá y Ansar Allah reafirman su protagonismo.

El conflicto ha evidenciado la polarización existente del país persa con los estados árabes  del Golfo Pérsico, que ya habían apostado por un esquema de seguridad dependiente de Washington, esencialmente, que la contienda ha revelado lo suficientemente deficitario, el cual ha conducido a una fragilidad real, sin precedentes, que no se podrá resolver ni con un derrotero de su continuidad, ni con el abrazo a los Acuerdos de Abraham (normalización de relaciones con Israel) que, en teoría, podría contribuir con ese propósito.

De lo anterior, se desprende que al prevalecer los intereses de Tel Aviv, a lo largo de este primer cuarto de siglo XXI, respecto a la agenda anti iraní, con respaldo de Washington, los países del Golfo Pérsico se han visto arrastrados a un conflicto que pone en menoscabo sus agendas de desarrollo, en última instancia.

Respecto a esa aspiración, que se ha estado fraguando más allá del factor energético, pero con su apoyo decisivo, se define además por los vínculos de comercio y cooperación con otros países, como resulta el caso de la RP China, con la que se mantiene una asociación estratégica multidimensional.

En síntesis, el conflicto ha reafirmado la necesidad de una reevaluación de ambos temas (los vínculos con Washington y Tel Aviv), de la misma manera que en el corto plazo, los países del Golfo Pérsico se verán inmersos en un proceso inversionista que les permita depender cada vez menos del estrecho de Ormuz para la exportación de hidrocarburos, para cuyo propósito Beijing u otros actores pudieran ser socios puntuales.

Al mismo tiempo, la respuesta militar de Teherán ha obligado a Riad a proponer una iniciativa de pacto de no agresión con Irán, con proyección regional, que persigue evitar futuros conflictos, en un contexto en que Emiratos Árabes Unidos consolida sus vínculos con Tel Aviv; actitud esta que pudiera impactar contra el interés apuntado, en un contexto en que existen diferencias entre los dos países árabes del Golfo, que se contraponen en las situaciones de conflicto que prevalecen en Yemen y Sudán, este último escenario marcado por una muy grave crisis humanitaria.

Como es posible comprender, la iniciativa de Riad tendría a su favor la probable anuencia y participación de Türkiye, Iraq y la propia República Islámica de Irán que, en paralelo, representaría un ejercicio diplomático enfocado no sólo en asegurar en teoría un escenario de seguridad requerido para la región del Golfo Pérsico, sino además un mecanismo de proyección multipolar, que podría ser respaldado por Moscú y Beijing, dos socios estratégicos de Teherán.

Dicha iniciativa se enuncia en momentos en que el comportamiento del estado de Israel es sumamente agresivo, con su gobierno ultraderechista y ultranacionalista, encabezado por Netanyahu, que se ha ganado incluso la repulsa de varios gobiernos e instituciones europeas y vinculadas al sistema de las Naciones Unidas, debido a la política criminal seguida contra los palestinos en Gaza y la agresión militar a Líbano, como parte de su agenda de construcción del Gran Israel.

Por otra parte, la imposibilidad de arribar a resultados concretos en la esfera diplomática entre los EEUU y la República Islámica de Irán, con la mediación paquistaní, pone sobre la mesa de modo persistente la opción militar, en cuyo contexto, los socios árabes de Washington en el Golfo Pérsico, quedaran a merced de la decisión selectiva de ataque por parte de Teherán que, al decir de expertos, sólo ha agotado poco más del 30 por ciento de su arsenal de drones y misiles hipersónicos.

Lo anterior corrobora lo planteado en su momento por el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Aragchi, quien aseveró que su país tenía capacidad de asumir el desenlace bélico por seis meses; posibilidad esta que aparece como remota tanto para Washington como Tel Aviv, sobre todo tomando como referente las realidades políticas internas de cada caso, como resultan el rechazo a una prolongación de la contienda propiamente, así como por razones electorales en el horizonte.

Por último, merece referir el impacto en el ámbito doméstico de la guerra ilegal, impuesta a la República Islámica de Irán por los EEUU e Israel, que ha mostrado cohesión de la mayoría de la población en defensa del país y su legado cultural y religioso frente a la barbarie estadounidense y sionista.

(Rodobaldo Isasi Herrera, Investigador del Centro de Investigaciones de Política Internacional -CIPI-)

 

 

 

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