Alicia en el recuerdo

Alicia Alonso. Foto: Archivo.

Por: Miguel Cabrera

La Habana, 17 oct (RHC) Alicia Alonso no vivió refugiada en el pasado ni añorante de un futuro siempre incierto. Ella trabajó y disfrutó cada instante de su presente, segura de que el fruto del quehacer cotidiano sería la base de cualquier logro o conquista posterior.

Sobre esa filosofía labró su brillante y legendaria carrera artística, como bailarina, maitre, coreógrafa y directora,  que se extendió desde el debut en el Gran Vals de La bella durmiente, el 29 de diciembre de 1931, hasta su muerte física, el 17 de octubre del 2019.

Durante más de medio siglo de cercanía, tuve el aprendizaje de su magisterio, donde nunca hubo espacio para la queja, el desánimo o la derrota. Cuando con solo 20 años de edad, luego de tres operaciones en sus ojos, en Nueva York y La Habana, que dejaron su visión limitada grandemente, se negó a aceptar su retiro de la escena, lanzó un reto que volvería a enfrentar, 31 años después, cuando en 1972 fue operada nuevamente, esta vez en la Clínica Barraquer, de Barcelona.

En un momento particularmente doloroso de su vida afectiva, me dijo: “Soy como esos caballos de carrera, que cuantos más obstáculos se le presentan, miran solo hacia adelante, buscando la nueva meta”.

Y así lo ratificó cuando después de dos años apartada de la escena por la última operación de los ojos, ya con 52 años de edad, reapareció, sorpresivamente, en el Teatro Lázaro Peña, el 27 de noviembre de 1974, en el ballet Mujer, de Alberto Méndez, en homenaje al II Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas.

A partir de entonces, batiendo record de permanencia sobre las puntas de sus zapatillas, se mantuvo revalidando su bien ganado status de prima ballerina assoluta, en los más prestigiosos y exigentes escenarios de los cinco continentes.

Cuando aquella noche del 28 de noviembre de 1995, en el Teatro Massini de la ciudad italiana de Faenza, dijo adiós a los escenarios como intérprete, bailando el ballet Farfulla, de su propia creación, se colocaba en ese raro sitial que solo ocupan los elegidos: entre la realidad y el mito. Iba a cumplir 73 años de edad, de ellos 63 sobre los escenarios de su patria y del mundo.

Dueña de un asombroso repertorio de 134 títulos, donde figuran obras del ballet de acción dieciochesco y de la gran tradición romántico-clásico del siglo XIX, junto a otras creadas por audaces coreógrafos contemporáneos, se convirtió en una genial intérprete, aclamada por una ductilidad estilística excepcional y un poderío técnico que se adelantó a su época en más de dos décadas.

La Alonso coreógrafa nos dejó un legado de 79 títulos, entre versiones y creaciones, muchas de ellas en el repertorio de prestigiosas compañías danzarias de Europa, Asia y América. Ella representó a su amada patria en 65 países, y en escenarios de tanta prosapia como el Metropolitan Opera House, de Nueva York, en los Teatros Bolshoi y  Kirov, de la Unión Soviética; la Ópera de París, la  Scala de Milán, el Covent Garden de Londres, la Ópera de Viena, el Ballet Real de Dinamarca,  el Teatro Colón de Buenos Aires o el Bunka Kaikan de Tokio.

Centenares de galardones de índole artística, cultural, social y política, respaldaron su quehacer como ciudadana de Cuba y el mundo. Fue la máxima inspiradora de la escuela cubana de ballet, aporte excepcional de nuestra cultura a la danza escénica universal, parte suprema del legado que nos dejó y de que el Ballet Nacional de Cuba haya sido declarado Patrimonio de  la Cultura Nacional

En este segundo aniversario de su muerte física, debemos recordarla con la exacta definición de ella que nos dejó su ilustre compatriota Juan Marinello: “Un impulso tenaz, frenético, disparado con la enfermedad y el tiempo, hacia la perfección infinita”. (Fuente: Cubadebate)

Editado por Lorena Viñas Rodríguez



Comentarios


Deja un comentario
Todos los campos son requeridos
No será publicado
captcha challenge
up